BLOCKBUSTER INTELECTUAL O SÓLO SUPERPRODUCCIÓN.

Dune, Denis Villeneuve.

Estados Unidos, 2021

El escritor estadounidense Frank Herbert escribió en 1965 la novela Dune, obtuvo entonces gran éxito y premios, y al cabo de los años, se ha convertido en obra de culto en el género de la ciencia ficción.

El año en el que se escribe la novela, son los años de la contracultura, nuevas filosofías y religiones, conciencias ecologistas, la experimentación con las drogas, nuevos posicionamientos políticos; todo esto lo podemos encontrar en la novela, pero también mesianismo, eugenesia, el poder ejercido por superhéroes y el peligro que conlleva, y la homosexualidad.

Respecto al mesianismo, podemos encontrar similitudes entre lo que se cuenta en Dune y el personaje de Thomas Edwuart Lawrence; el oficial británico que movilizó a las tribus árabes al inicio del siglo XX contra el imperio otomano en la península arábiga; tan genialmente contado por David Lean en Lawrence de Arabia, 1962

En 1984 David Lynch realizó una versión, que producida por Dino de Laurentis, que fue un auténtico fracaso, la han dado la fama de novela inadaptable. Cierto es que a Lynch, según parece, no se le dejó hacer lo que quería. En cualquier caso, aquella versión resulta incomprensible, desestructurada, un desastre narrativo vamos; con aquellos marcos de adorno dorados, incluso en los accesos de las grandes naves espaciales, resultaba sobrecargada.

Villeneuve, que me interesó en  Sicario, 2015 y me gustó, aunque quizá innecesaria, en su Blade Runner 2049, 2017se atreve con una nueva adaptación de la novela de Herbert.

Con guión del propio Villenuve, Eric Roth (Oscar por Forrest Gump, 1994 Robert Zemeckis) y Jon Spaihts (Passengers, 2016 y, entre otras, Prometheus, 2012 Ridley Scott) nos muestra la historia del planeta Arrakis, de la casa Harkonnen que ejerce su poder en él para explotar la especia (en otros tiempos se descubrían mundos en su busca) materia prima por la que todo el mundo está dispuesto a hacer lo que sea. También la de la casa Atreides y su patriarca el duque Leto (Oscar Isaac) y su dama Jessica, sacerdotisa-guerrera (Rebecca Ferguson)y el hijo de ambos Paul Atreides. Todos ellos se verán envueltos en una lucha por el control del planeta y su producto, traiciones, engaños y el descubrimiento de los Fremen, habitantes del planeta con una relación extraña con él.

Mientras Lynch nos narró la historia en un par de horas, más o menos, aquí Villeneuve nos la divide en dos partes, lo que hace que la historia permita ir presentando a los personajes y lugares poco a poco, y marcando tramas que, suponemos, se verán más adelante. Creo que esto debería haberse publicitado con más claridad porque, seguramente, lleve a la desilusión a una buena parte de los espectadores.

La película no se hace lenta, mantiene el ritmo narrativo, a pesar de que se va tomando su tiempo en contarnos el mundo de Arrakis, de alguna manera te va introduciendo en ese mundo, quienes son las Bene Gesserit, el emperador, grandes corporaciones y las casas ya citadas.

Creo que la narración, teniendo en cuenta la complejidad de la historia, va quedando bien integrada, aunque que hay personajes y tramas que se simplifican perdiendo, seguramente, muchos matices de la obra de Herbert. A pesar de todo, para una gran parte del público será una historia demasiado densa.

La película, como ya era su Blade Runner 2049 es un gran espectáculo visual, con buenos efectos especiales, buen diseño de producción y vestuario, con una fotografía de Greig fraser (La noche más oscura, 2021Kathryn Bigelow, Rogue one, 2016 Gareeth Edwuards)con  planos generales deslumbrantes, planos oscuros para el planeta Giedi Prime de los Harkonnen, más fríos para el de los Atreides en Caladan, más cálidos para Arrakis, y algo más indefinidos para los sueños de Paul Atreides  (Tomothee Chalamet)

Respecto a la música de Hans Zimmer (Origen, 2021 Christofer Nolan,  Gladiator, 2000 Ridley Scott y por supuesto la ya citada Blade Runner, 2049) una gran protagonista que no descansa nunca, pero ojo también a los silencios, como tratando de que el espectador entre en ese mundo deslumbrante y tenebroso. Multiétnicos, tribales,  con unos toques árabes, que según parece, ya había en la novela; un martilleo que incomoda constantemente, con tonos sombríos, puede que épicos en algún momento y sin olvidar las gaitas escocesas para los Atreides.

Como protagonista de la historia nos encontramos a Timothee Chalame que se va dando cuenta de su poder y del destino que ocupará en la historia; había leído por ahí que representaba al espíritu millennial, no sé si pensando en captar espectadores, pero si es cierto que da muy bien esa imagen melancólica y ese desasosiego interior que dicen tiene esa generación (pero que no es patrimonio de ella, aseguro) Breve y oscura interpretación de Setellan Skarsgard como barón Harkonnen, ese plano con la mano pasando por su cabeza ¿no es el Capitán Kurtz? (Marlon Brando) de Apocalyse Now, 1979 Francis Ford Coppola, eso sí menos esperpéntico que el de Lynch (Kenneth Mcmillan)más sombrío cual príncipe de las tinieblas. Rebbecca Fergunsón también nos da ese toque de guerrera y sacerdotisa enigmática. Sin embargo a Zendaya y Bardem los dejamos para la continuación, pues prácticamente son invitados en esta presentación. En cualquier caso tengo la sensación, que de momento, al director le interesa más la historia geopolítica y mística  que los personajes, que se van arrastrando por la trama como tragedia griega.

En definitiva el Dune de Villeneuve nos lleva a  contracorriente del mundo de las prisas y la rapidez que invade gran parte del cine actual, pausado, con más atención al detalle; sí es cine de entretenimiento, pero hay de aquel que no utilice pantalla grande y oscura; ¿hay cine comercial? claro, pero en otro grado, ¿cine espectáculo, superproducción? también, pero creo que con algo más que un simple insulto a la inteligencia, como gran parte del mensaje político de alguno de esos que andan por ahí(cada uno que elija el color que quiera, que para eso vivimos tiempos intolerantes al librepensamiento)

Política, también, es claramente antiimperialista anti grandes corporaciones, muy a la moda de ahora; como decíamos al inicio, el discurso contracultural de la novela, esa idea hippie, encaja genialmente con estos tiempos anti todo. Conflictos geopolíticos por el petróleo, el agua (aquí la especia) como motivos de invasiones, guerras, etc. Pero como siempre en la historia, el perdedor siempre es el mismo, el ser humano, que se sigue devorando así mismo, y seguirá haciéndolo por mucho que nos empeñemos en cambiarle el sexo al pollo; pobres sexadores, si antes lo tenían difícil….

Por cierto, a mí me ha gustado.

Paralelismos circulares

Madres paralelas. Pedro Almodóvar.

España, 2021.

Tras la sorpresa del anuncio de que probablemente su mediometraje La voz humana (2020) sería su retiro de la dirección, Almodóvar nos entrega este reflejo tan profundamente suyo -aunque menos íntimo que Dolor y gloria (2019)- en la forma de un drama en torno a la maternidad. En esta nueva entrega del director manchego nos reencontramos con algunos de los fetiches que han jalonado su obra: la comida española, la decoración kitsch, Rossy de Palma, patios manchegos y, cómo no, Penélope Cruz. Por añadidura, en una escena de Los abrazos rotos (2009) puede verse un póster de una película llamada como la que ahora nos ocupa. Las raíces almodovarianas son muy profundas. La circularidad de la obra se manifiesta en paralelismos dentro y fuera de película. ¿Incongruente? Comencemos.

Con un pretexto político, la historia arranca con los problemas reales de un pueblo que no es capaz de expurgar su pasado recuperando los muertos de una guerra fratricida. El personaje de Penélope Cruz –Janis– se erige en adalid de esta causa y gracias a conexiones casuales es capaz de encontrar los recursos y profesionales para llevarla a cabo. Ahondar en esta fosa de cadáveres le traerá una consecuencia inesperada: una hija. El primer paralelismo. La exhumación de los fusilados nos evoca a Lorca y Lorca nos conduce a una obra suya presente en la película: Doña Rosita la soltera. Estado civil de las madres protagonistas que por distintos motivos se ven obligadas a sacar adelante sus embarazos sin pareja. Nuevamente la muerte hará aparición y esta vez veremos lápida y reconocimiento. Sin embargo, en este caso se produce un tipo de hurto de identidad distinto y será el conflicto que una a las madres (paralelas): Janis y Ana (Milena Smit).

En pocas localizaciones (habitación, cocina, terraza) presenciamos el desarrollo materno-amoroso de esta relación. Intimidad acelerada por la convivencia en la casa de Janis. A su vez, será esta quien cuidará de Ana y la preparará para la vida adulta desempeñando el rol de su ocupada madre, se subvierten los papeles y se crean nuevos paralelismos. Aun cuando por momentos los diálogos entre Janis y Ana resultan embarazosos o las motivaciones de la primera se vuelven confusas, la pareja formada resuelve con brillantez -tanto interpretativa como dramáticamente- su conflicto hasta conducirlo por el camino deseado. El personaje pendular de la obra es Arturo (Israel Elejalde), colateral y motor, que no llega a tener la presencia ni rotundidad necesarias. Mención especial para Elena (Rossy de Palma), la mejor amiga de Janis, con menor peso que Arturo abrocha bien la historia ofreciendo los mejores (y escasos) momentos cómicos. 

La amalgama de temas presentes con mayor o menor profundidad -la transexualidad, el empoderamiento femenino, el #metoo- junto con el drama materno y la exhumación de fusilados de la Guerra Civil como telón de fondo entretejen un tapiz tosco e irregular. El director nos recuerda cuál es la motivación de la película y cierra con la historia que empezó en donde chocan la circularidad con los paralelismos trazados. La geometría no engaña. La figura redonda no termina de entrar en el espacio lineal. Bien pensado, el éxito de esta obra es contar tanto en tan poco, aunque en la virtud lleve su pecado.

DANDO LA LATA

Titane

Julia Ducournau

Francia 2021

Algunos niños vienen a este mundo dando mucho por ese sitio de detrás. Y si no, que se lo pregunten a la pobre Tilda Swinton con su cara de pájaro loco al viento en busca de coordenadas en “Tenemos que hablar de Kevin” (2012).

Ya el principio de “Titane” es lo suficientemente desasosegante como para provocar curiosidad. Que a una niña petarda tras salir del hospital e implantarle una placa de titanio en la orejilla de arriba, lo único que se le ocurra sea lamer los cristales del coche en el que ha estado a punto de fenecer–y cargarse a su progenitor de paso–es cuando menos lo suficientemente epatante como para retreparse en el asiento, al que habrá que asirse de vez en cuando, a seguir de cerca las correrías de la niñata. Eso y porque además el padre reacciona cual absoluto santo. Y eso da curiosidad.

La propia Ducournau, directora de la película, galardonada con afamado premio, aunque parece que la mitad de la sala se salió en el visionado– admite que a ella misma le llevó bastante tiempo llevarse bien con el personaje de Alexia. No es de extrañar. También dice que no siente que la palabra monstruo tenga nada de peyorativo. Tampoco es raro ante su afirmación de que “las nanas de su generación fueron Teminator, Alien y Robocop”. Eso ya lo demostró con creces en “Raw” (2016), película sobre un hecho real de canibalismo acecido en Cannes por parte de una adolescente universitaria. Pero esta última se hacía más simpática. Probablemente en su reconciliación con el personaje ha tenido mucho que ver la interpretación llena de matices y sin ningún tipo de concesiones al sentimentalismo, salvo al final en el que ella pide un casi susurrado perdón, Agathe Rouselle.

Ducournau es hija de padre dermatólogo y madre ginecóloga, de ahí parte según ella la querencia, o no animadversión, por vísceras y otras linfas sanguinolentas. Por eso, dice, sus películas “hablan de cuerpos y pieles y también de femineidad”.

Volviendo a la cinta y a Alexia, la nena, como dirían los taurinos, “ya apuntaba maneras”. Así el respetable asiste a un periplo de desbarres adolescentes siempre con coches asociados que, relacionados o provocados por un posible asalto sexual, alientan una carrera delictiva con más muescas en la carlinga del avión que las de Scarlett Johansson en Under the skin (2013). Otro factor en común con esta última es la excrecencia viscosa y negra que, en este caso, en lugar de ser el flujo abisal en el que se sumergen los machitos atacantes, procede de las propias entrañas de nuestra protagonista.

Se podría pensar con esta introducción que “Titane” es una producción sangrienta y gore sin más, destinada al refocilamiento de algunos frikis de la víscera o para consumo de aquellas féminas que buscan la némesis y redención tras años de opresión, sometimiento alienante y relegamiento. Pero no. O, no sólo.

De pronto la película se transmuta, no sin antes dejarnos un impagable gag tarantiniano en una casa donde se procede a un asesinato múltiple que no tiene ni pies ni cabeza. No será el único toque de humor, y si no, véase la escena hacia el final de la película, en la que los bomberos, entre ellos nuestra protagonista transmutada en uno, deben revivir a dos accidentados, madre e hijo, al son de una conocida canción española de renombre internacional.

En estas escenas, digamos humorísticas, contrapunto de otras que hacen por momentos desviar los ojos de la pantalla, la protagonista se va pareciendo a la Carey Mulligan de “Una joven prometedora” (2020), en un guion que parece difícil de sostener para llegar a algún fin mejor que el pastiche provocativo. ¿Atracará en buen puerto este hilo sanguinolento de manera que no pensemos que todo es una tontada sin pies ni cabeza? Algunos se habrán desesperado para entonces y si no, lo harán en breve ante lo que sucede en el servicio de señoras. Y es que la transformación de Alexia en Adrien, en su loca huida noctámbula y desesperada, no se parece para nada a la delicada transmutación del moño color castaño cobrizo intenso a rubio ceniza platino de Kim Novak en “Vértigo” (1958).

Hay que ser paciente puesto que, como en toda narración de calidad, aún, ¡menos mal!, queda otra vuelta de tuerca y esa es la que supone un nuevo giro de atención mucho más cargado de interés. Eso no va a significar que la sangre, hematomas, trozos de titanio y líquidos vayan a ausentarse de la pantalla, pero sí que la atención se va a desviar a zonas más viscerales en otro sentido.

La escena más hermosa de la película es la de un baile. Se baila mucho en esta película de metal, vendajes y furia. Se baila en las abigarradas discotecas repletas de Cadillacs y en la playa. Se baila en garajes y sobre coches de bomberos, pero sobre todo se realiza una danza deslavazada y torpe al son de “She is not there” interpretada por el grupo, ¿cómo no?, The Zombies. Es una danza tribal a lo oso, como no podría ser menos entre un personaje recién aparecido en esta segunda mitad, el interpretado por Vincent Lindon, una especie de gladiador sentimental y roto, entre Rusell Crowe y Mickey Rourke en su época chunga, y Alexia-Adrien. La letra de la canción no tiene desperdicio, así que rogamos encarecidamente que la examinen posteriormente en la intimidad de sus hogares ya que rebela varias de las claves de la cinta.

La directora dice que en el transcurso de este argumento “de dos mentiras brota una verdad”. Y seguramente son muchas más de doslas mentiras. La incertidumbre, la equivocación y convivir con esta, la imposibilidad de amar, hay muchos temas que puede remover esta película poliédrica y llena de capas de cebolla. Que huye del maniqueísmo y de los prejuicios por razones de sexo. Quizá el final simbólico que remite a “La Semilla del diablo” (1968) esté demasiado cargado de eso, de símbolos, de alien, de titanio –metal de transición–, de exceso. Sobria no es, desde luego. Y en ese sentido el final podría ser considerado el remate de un paquete al que no había que poner ningún lazo. Pero ella, Ducournau, lo ha decidido así.

Porque lo que ha conseguido con gran inteligencia es hacer un alegato sobre la libertad y contra el encasillamiento y lo mejor de todo: declarar, como si no supiera nada de esto, que ella no sabe, que la película está sujeta a interpretaciones invitando al espectador a hacerse su propia composición de lugar.

Seguramente en los próximos proyectos que se niega a comentar se palpará el tatuaje con forma de amatista que tiene, que en griego significa “contra la embriaguez” y que le recuerdan que para los reyes griegos que las llevaban como amuleto eran una protección para evitar que los emborracharan al negociar sobre la potestad sobre algún territorio. Siendo mujer, toda protección es poca.

RETRATO DE UNA MUJER FLAMBÉE

Benedetta, Paul Verhoeven

Francia, 2021

Una cagada de pájaro providencialmente aterrizada en la pupila de un facineroso evitará que los padres de una niña de aspecto angelical tocada con una guirnalda de flores sean asaltados. Benedetta, la niña, salvada por la gracia de Dios de una enfermedad que a punto ha estado de cobrarse su vida, ha sido ofrecida para convertirse en esposa de Cristo. Se dirige a profesar a un convento teatino de Pescia en el tiempo de la Contrarreforma. Ya da muestras de lo que más tarde será una determinación a prueba de bombas. Aduce con seguridad aplastante que la Virgen María hace “lo que ella quiere”.

Será este el primero de una serie de acontecimientos más o menos inexplicables, estigmas, voces de ultratumba, estasis, que se irán desgranando a lo largo de una película que discurre entre la denuncia, la reivindicación, un particular sentido del humor y una estética de lánguido erotismo a lo “Bilitis” (1977).

El director Paul Verhoeven se ha basado en “Inmodest acts”, una biografía de la historiadora Judith C. Brown de una monja real, Benedetta Carlini, que fue apartada de sus prebendas y cargos al ser procesada por lesbianismo, para presentar una figura muy de su gusto: la de la mujer que tiene que hacer uso del ingenio y de una fortaleza interior inusuales para sobrevivir con escasos recursos, utilizando la resiliencia en un mundo que está dominado por una jauría masculina, caso de Catherine Tramell en “Instinto básico” (1992) o por otras competidoras a las que hay que quitar de en medio, caso de Nomi Malone en “Showgirls” (1995), que, al igual que aquí, dan pie a tórridas escenas de descubrimiento sexual, como las protagonizadas por las actrices Elizabeth Berkley y Gina Gershon.

En la cinta hay ecos que remiten a “Extramuros” (1985) de Miguel Picazo, adaptación fiel de la novela del mismo nombre de Jesús Fernández Santos y también, sobre todo en algunos de los fotogramas de las novicias disfrazadas y celebrando, a la mezcla entre el musical carnavalesco y el auto sacramental, de la interesante e inclasificable “Jeanette” (2017) sobre la vida de Juana de Arco de Bruno Dumont.

Una inquietante Virginie Effira compone el retrato de esta sensual y diabólica religiosa, mezcla de mentira, hipocresía e ingenuidad y su rostro y gestualidad recuerdan a aquello que Hicthcock ya percibió en su momento con Grace Kelly. Y es que toda alma cándida esconde un lado tenebroso atrayente y perverso. Un subtema lleno de atractivos que relacionaría a Benedetta con la Mariscala, princesa Von Werdenberg, la soprano protagonista de la ópera “El Caballero de la Rosa” de Richard Strauss, con libreto de Hugo Von Hofmannsthal, que seducirá e introducirá en las artes amatorias a Octavian, un joven de 17 años. El morbo está siempre servido puesto que en la realidad este papel siempre es interpretado por una mezzosoprano tocada en indumentarias de pajecillo. Aunque aquí Bartolomea, la joven novicia incauta y analfabeta salvada para la causa de las garras de un padre violador, trasladada a la celda de Benedetta para cuidarla, demostrará las dotes que la picaresca de la calle le ha dado y será ella la que enseñe a su señora cómo disfrutar de los placeres de la vida.   

En cuanto a la abeja reina a batir en el convento, Charlotte Rampling, con ese rostro ocelado y saurio suyo, da la réplica como madre abadesa reinante, en correspondencia con la Aurora Bautista de “Extramuros”—hasta sus voces se parecen—que debe sobrevivir en un mundo adverso en ese convento donde hay que fingir los milagros para ser capaces de subsistir.

Verhoeven, y habrá que creerle, dice que entre las licencias que se ha tomado con respecto a la historia original, las de la hoguera final y, la más sonada, la de la factura inenarrable de cierto adminículo que se utiliza para procurarse el auto placer, que provoca las sonoras carcajadas del respetable, no ha tenido en cuenta el factor provocación que se le atribuye. Mera casualidad. Claro que eso habría que preguntárselo a Sharon Stone con el famoso cruce de piernas de “Instinto básico”.

En todo caso este lado humorístico, del que habría que haber subrayado más que el tono un poco tontorrón en la línea de “Los visitantes no nacieron ayer”(1993), la tradición medieval de relatos que utilizan el humor del chafarrinón, caso de Chaucer o el Arcipreste de Hita, quizá hace zozobrar en ocasiones el que parece ser el mensaje de la película: el derecho de la mujer a utilizar su cuerpo como le plazca en la línea de las sutiles imágenes, menos explícitas pero mucho más sugerentes y delicadas, de un “Retrato de una mujer en llamas” (2019)y la necesidad de utilizar cuanto esté al alcance para sobrevivir ejerciendo el muy noble arte de la impostura.

En el capítulo de los lastres, señalar la puesta en escena. Resulta excesivamente tradicional. Manida. Como si no les hubiera llegado el presupuesto. Uno esperaría otra cosa de esa tensión erótica y subida de tono. Ese alternar de los abrojos de la Toscana con los sillares del convento de la Madre de Dios, que parecen más sacados del cartón piedra de la novela de la sobremesa franquista que del presupuesto con el que habrán contado. En todo caso les ha lucido poco. Estos retozos exigen más de una imaginación del tipo de una Sofía Coppola en María Antonieta (2006), por ejemplo. Aquí Verhoeven ha tirado de lo evidente y la cinta se resiente. De ahí que el público se ría a destiempo.

En todo caso Benedetta se las apaña para mantener una ambigüedad que habría dado más juego si ciertas cosas no se hubieran explicitado tanto en la película. Belladona y visiones. ¿Hubieran existido los apasionados versos de Santa Teresa fuera de la consumición de las infusiones de esta solanácea por parte de la abadesa carmelita? En este caso no es la planta sino los reflejos de ciertos cristales verdosos que recuerdan al color de la absenta y se fijan en la enigmática sonrisa de cierta virgen románica que esconde con regocijo su secreto entre los sacrosantos códices.

LA CHISPA DE LA VIDA

In the Heights

Jon M. Chu

EE. UU. 2021

En 1972 un conocido refresco de secretísima fórmula lanzó su slogan “it´s the real thing” que en español se tradujo como “la chispa de la vida”. Los anuncios de este bebedizo adictivo se caracterizaron en esa época por pintar comunidades de gente joven y modosa que vivía, cantaba y bebía en perfecta armonía.

Pues bien, “In the Heights”, el musical de Broadway adaptado a la pantalla, podría ser un trasunto de un estupendo anuncio del oscuro néctar burbujeante. Diversas comunidades de origen latino conviven en paz, amor y rap. Entre ellos destaca el joven Usnavy, nuyorican— neoyorkino de origen dominicano—que suspira por su “sueñecito”: volver a su tierra natal y regentar un chiringuito. Pueden imaginar cuál es la etimología de un nombre tan original.

Los números musicales se suceden—apenas hay diálogos hablados—y las raperas letras ingeniosas que mezclan rimas en español y en inglés compuestas por Lin-Manuel Miranda, artífice del éxito de Broadway, compositor y guionista, hacen que las casi dos horas y media que dura la película pasen sin mirar el reloj en demasía.

Se podría vaticinar que el público amante de los musicales saldrá con la sonrisa en la boca y, tarareando, claro. Imposible no añorar ejemplos memorables como “La La Land” (2016) o “Moulin Rouge” (2001). Pero suceden varias cosas que no hacen de la película un hallazgo. La primera y más importante es que resulta prácticamente imposible recordar ninguna de las melodías. En cuanto a las coreografías, salvo en el número de las banderas—con una apabullante y pizpireta Daphne Rubin-Vega, bailarina y actriz panameño-estadounidense—en el que es posible recrearse en los pasos, la rapidez con la que se mueve la cámara y el cambio constante de planos, hacen que sea difícil deleitarse con los movimientos del cuerpo de baile.

Otro de los momentos que debiera ser glorioso, el paso a dos sobre la fachada del edificio de ladrillos, homenaje a Harold Lloyd y guiño a Fred Astaire bailando en paredes y techos en “Bodas reales” (1951) e incluso a la escena en el callejón entre escaleras de incendios entre Natalie Wood y Richard Beymer de “West Side Story” (1961), pasa rápido, sin pena ni gloria. Parecería que a los amantes les da vergüenza deambular por las paredes profesándose amor eterno. 

En cuanto al argumento, es débil. Entre pastelón y merengue, y no se refiere al baile. Aquí nadie se tiene envidia, nadie bebe, nadie fuma, nadie se…otras cosas. No hay excesivos problemas económicos ni penurias reseñables. Como mucho, un apagón. Por si fuera poco, un previsible golpe de suerte hará que el sobrino prometedor y sin papeles pueda incluso acceder a la universidad. A Usnavy le irá todo razonablemente bien. La chica Vanessa objeto de sus suspiros y caídas de ojos que se pasa todo el rato prometiendo y desdeñando, qué antipática se hace esa chica, finalmente parece que le hará caso. Secretamente se desea que Vanessa se hubiera mudado de barrio como era su pretensión.

Queda la duda de lo que hubiera sucedido en el caso de que en lugar de Jon M. Chu que firma la cinta, hubiera sido el propio Miranda el que hubiera tomado las riendas del proyecto, aunque dan que pensar sus declaraciones que por un lado elogian la decisión de que Chu fuera el director elegido—aduce Miranda que es un maravilloso director de musicales, ha rodado la comedieta taquillera “Crazy rich Asians”—y por otro inciden en el hecho de que: “no me gustan mucho las versiones que se hacen en cine de obras de teatro porque es muy complicado que acierten y capten su espíritu (…) el teatro y el cine usan lenguajes muy diferentes”. Esto es lo que le ha sucedido con su aclamado “Hamilton”, sobre la vida de uno de los padres fundadores de Estados Unidos, que se ha estrenado en una plataforma, sin subtítulos, en la versión teatral ya que, como dice el autor, “en cuanto a “Hamilton”, si hubiera querido, la habría escrito como guion para una película en lugar de para un musical de Broadway”.

Otra de las polémicas por las que Miranda ha debido pedir disculpas es por el hecho de no incluir prácticamente, salvo en el caso de Leslie Grace, a actores que representen adecuadamente a la población afrolatina de piel oscura. Es paradójico que en el caso de “West Side Story”; Rita Moreno confesara acabar “harta” de las interminables sesiones en las que le aplicaban kilos de maquillaje oscuro para tintarle la piel.

No obstante, habrá que aplicarse la jaculatoria “paciencia y fe” que repite sin parar la abuela Claudia, interpretada por Olga Merediz, una de las mejores cantantes de la película, ya que Lin-Manuel Miranda parece llamado a más grandes cosas. Para muestra la simpática propina, no se vayan al final de los títulos de crédito, con el mismo Miranda, que recuerda a Juan Luis Guerra, al que también se menciona en la película, vendiendo “piraguas”, rapaduras de hielo y sirope.

De momento y a pesar de la estupenda fotografía de las calles del barrio, “In the Heights” es un caramelo del que se quita el celofán del envoltorio y de pronto, al meterlo en la boca, se ha terminado. Ni siquiera se recuerda de qué sabor era.

EL WESTERN COMO GENERO CINEMATOGRÁFICO TAMBIÉN VALIDO PARA TRATAR TEMAS ACTUALES.

Noticias del gran mundo, Paul Greengrass, 2020.

En una época en la que los cineastas tienden a introducir en los argumentos de sus películas como mínimo una pequeña dosis de confusión, procediendo a acelerar escenas, principalmente las de acción, tal vez, como metáfora de los tiempos en que vivimos, una situación de continuos y rápidos cambios, Paul Greengrass recurre al modo clásico y a la estructura de la historia canónica para narrarnos una historia con la que reivindica  el western como un género cinematográfico valido para tratar temas de actualidad de la sociedad estadounidense, yo diría que globales, entre los que destacan los derechos de los niños y los procesos de adopción; los medios de comunicación, su utilización por el poder y su evolución hacia programas de infoentretenimiento televisivos o difundidos a través de Internet, y el derecho de los ciudadanos  a poseer y portar armas.

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Cinco kilómetros de mar

Gaza mon amour, de Arab y Tarzan Nasser (Palestina, Francia, Alemania, Portugal y Qatar, 2020)

“¿Dónde encontraste la estatua? ¿aquí cerca, en el medio del mar, o al final del mar?”

Issa (Salim Dau) no puede evitar carcajearse ante la pregunta del comisario (Shamel Beno), porque solo tienen permitido pescar en una franja de 5 kilómetros mar adentro.

Encajada entre Israel al norte y Egipto al sur, la Franja de Gaza es un estrecho territorio frente al Mar Mediterráneo de unos 40 kilómetros de longitud y unos 10km de anchura. Gaza tiene una de las densidades de población más altas del mundo por kilómetro cuadrado, siendo hogar de unos 2 millones de personas, 600.000 de los cuales viven actualmente refugiados en ocho campamentos. Tiene una larga historia de asedios y ocupaciones que se remonta a 4.000 años atrás. El pasado mes de mayo tuvo lugar la última contienda con Israel que provocó el fallecimiento de más de 250 personas durante 11 días de violencia, 243 en Gaza y 13 en Israel, provocando también la huida de más de 100.000 personas de sus casas en la Franja.

Cuando los gemelos Arab y Tarzan Nasser nacieron ya no existían salas de cine en Gaza, ni por supuesto una escuela de cine. Su padre era pintor y les inculcó la pasión por la belleza, por lo que se interesaron por los estudios de Bellas Artes, que sí podían realizar en su país, hasta que comenzaron a rodar cortos.  Se vieron obligados a abandonar Gaza al ser amenazados por Hamas, por lo que se trasladaron a Paris, donde continuaron con su carrera fílmica. Se consideran artistas libres y combatientes, porque, en su opinión, lamentablemente hoy hay que ser las dos cosas.

Los Nasser no siguen los estereotipos en pantalla del sufrimiento o del victimismo del conflicto palestino con los israelíes, sino que se centran más en mostrar el lado humano de las cosas, de forma ligera, pero con la enorme complejidad de la vida diaria – como por ejemplo, cuando de pronto llega la electricidad y se puede usar el horno para hacer pan (según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios – OCHA, por sus siglas en inglés-, la mayoría de las casas solo tienen electricidad tres horas al día). Con estas vidas complicadas también se pueden hacer historias universales, en su humanidad y complejidad.  No buscan la lágrima fácil, simplemente ofrecer paralelismos con la vida real.

Con su primer largo Dégradé (2015), participaron en la Semaine de la Critique en el Festival de Cine de Cannes. Trabajaron con 15 mujeres dentro de un salón de belleza, el título viene de “une coupe dégradé” que se podría traducir como un corte de pelo degradado, en capas, como una metáfora de la degradación de la vida en Gaza. Fueron muy criticados por no hablar abiertamente de la ocupación de Palestina, sino de mujeres en un salón de belleza que se depilaban, a lo cual contestaron que las mujeres palestinas también tienen derecho a vivir su vida.

Lo mismo ocurre con esta película, presentada en la Seminci de Valladolid, ambas, en sus propias palabras, son una carta de amor a su Gaza natal donde lo más importante es mostrar la vida, porque, continúan “hay una idea preconcebida de que solo hay destrucción, vandalismo y ocupación, resultando difícil de imaginar que en medio de todo este sufrimiento pueda también surgir el amor. No fue fácil contar una historia de amor que fuera convincente, porque no hay cafés, o cines, o libertad para vivirla, porque es una ciudad atrapada, no solo por estar sitiada, sino por su gobierno islamista, y por eso los elementos que alimentan el amor no están disponibles”.

En cualquier caso, el mundo ha olvidado lo que está pasando en Gaza, hay otras múltiples catástrofes, como el largo problema de Siria, o cualquier problema nuevo, como la COVID-19, que te hace olvidar lo que sigue pasando en Gaza.

El guion surgió cuando leyeron en The Guardian la historia de cómo en agosto de 2013, Joudat Ghrab, un pescador palestino sacó a 100 metros de la costa, cerca de la ciudad de Kahn Yunis (Gaza), una estatua de bronce de 300 kilos de Apolo, el dios griego del sol y de la belleza, con, supuestamente, más de 2.000 años de antigüedad. Esta estatua fue confiscada unas semanas después por Hamas, desapareciendo más tarde. Esta podría ser una alegoría de la situación de Gaza y de sus residentes, orgullosos de su historia antigua, pero, donde no se espera encontrar algo tan bonito que termina desapareciendo. La familia del pescador la puso a la venta en eBay por valor de $500.000, pero la quitaron casi enseguida, puesto que no pudieron disponer de ella. El director suizo Nicolaas Wadimoff realizó el documental The Apollo of Gaza (2018) con esta historia.

Gaza mon amour cuenta varias historias, y la del descubrimiento de la estatua de Apolo es solo una de ellas, pero todo termina girando alrededor de la misma.

Issa es un pescador soltero de 65 años con unas rutinas muy marcadas. Todas las noches visita a un amigo, Samir (George Iskandar), mucho más joven, en la tienda de conveniencia que regenta, charlan sobre la necesidad que tiene de salir de ahí y de encontrar una vida mejor para él y su familia, porque en Gaza no hay futuro. Al despedirse, Issa se perfuma, sube a una especie de motocarro y se dirige al puerto. Allí pasará por la garita de unos militares medio dormidos que ven películas de guerra o tiros mientras ven pasar la vida. Pesca, cada vez menos, cada vez más plásticos; termina, vuelve a pasar por la garita, le dan permiso para salir y empieza el día.

Le visita a menudo su hermana (Manal Awad), preocupada por su bienestar, que planteará la vida desde su punto de vista, el de una mujer de mediana edad acomodada y conformista.

Otra parte de la historia la protagonizará la policía que, como los militares, parecen bastante inútiles, y en el caso del comisario, incluso hasta un poco corrupto. Complicarán la vida a Issa y a su estatua y protagonizarán escenas cómicas, algunas relacionadas con un miembro amputado de dicha estatua.

Y finalmente, está ella, la mujer protagonista, Shiam (Hiam Abbass), papel que los hermanos Nasser escribieron especialmente para la actriz palestina, que ya trabajó con ellos en Dégradé, hasta el nombre rima con el suyo propio. Shiam es una mujer viuda que “sobrevive” con su hija divorciada, Leila (Maisa Abd Elhadi), con actitud hastiada de vivir en un campamento, contrapunto moderno en esta antigua sociedad. Shiam es el objeto del amor de Issa, quien es incapaz de mostrarle sus sentimientos, no posee las herramientas para hacerlo, por lo que pasará por varias situaciones embarazosas durante el cortejo que harán sonreír no solo a Shiam, sino también al espectador. Pese a su larga carrera cinematográfica, Abbass es muy conocida especialmente por los telespectadores por su participación en las series Succession y Ramy (como madre de familia egipcia emigrada en Estados Unidos hace un excelente y muy convincente papel de la máxima americanización del emigrante en la adaptación a su nueva vida, donde trabajará de chófer de Uber).

Todos viven en un campamento, con muchas limitaciones y eso está muy bien reflejado con la sobriedad de la puesta en escena; la escasez de medios con la que viven, la falta de luz, y de elementos básicos es evidente. Las goteras cuando llueve, la techumbre de las casas, los plásticos, todo está destartalado, es un campamento. Sin embargo, hay espacio para la ilusión, para el amor y para la esperanza, y eso lo participan perfecta y cómodamente los actores al público.

Si los militares ven películas violentas en la televisión, las mujeres, Shiam en este caso, ven culebrones y películas de amor y eso aparece también en la película Todo pasa en Tel Aviv (Tel Aviv on fire, de Sameh Zoabi, 2018), donde su protagonista, Salam, un palestino que vive en Jerusalén, debe pasar por un estricto control israelí camino a Ramallah donde trabaja en el set de la famosa telenovela palestina “Tel Aviv on Fire”. En el puesto de control se encuentra con el comandante a cargo del mismo cuya esposa es fanática de la telenovela y para impresionarla, se involucra en escribir la historia a través de Salam. Se aprecia una enorme diferencia entre la vida real y soñarla, que ayuda con el día a día. Los Nasser soñaban con vivir en Paris mientras escuchaban a Edith Piaf y acabaron cumpliendo su sueño.

El padre de los directores les ponía música también de Julio Iglesias en casa y, aunque no entendían sus letras, ni conocían las ideas políticas de su autor, así como de otros, se dejaban llevar por la melodía. Issa deleitará al espectador con un emotivo baile al son de la canción Que no se rompa la noche mientras fríe pescado en ropa interior en su cocina. Porque no hay mucho más que hacer en Gaza, donde los días pasan iguales, pero allí como aquí, hay sitio para el amor.

Que no se rompa la noche
Por favor, que no se rompa
Que no se rompa la noche
Por favor, que no se rompa

Que sea serena y larga
Como el tallo de la rosa
Que sea de luna blanca
Con su escarcha y con sus sombras

Que tengo que amarte mucho
Que tengo que amarte tanto
Que si la noche no acaba
Yo te voy a enloquecer
Que tengo que amarte mucho
Que tengo que amarte tanto
Que si la noche no acaba
Yo te voy a enloquecer…

Pilar Oncina

EL CUENTO DE LA LECHERA

Pilar Merino

First Cow, Kelly Reichardt

EE.UU.,2019

A veces estrenar unas botas es peligroso. Más en 1820 en el oeste americano. Y si no, que se lo digan a Otis Cookie Figowitz, cocinero conseguidor de setas y escurridizas ardillas en plenos bosques de Oregón. Al terminar su famélico viaje y conseguir la paga, ha decidido, a falta de otro lugar donde ir —ninguno de los componentes de las demás partidas que se aprestaban a nuevas expediciones ha aceptado sus servicios— asentarse en el misérrimo Fuerte Tillicum, un puñado de desvencijadas chozas al que acuden los tramperos a vender las preciadas y demandadas pieles de castor.

El dinero, en forma de dientes de marfil, medias monedas de plata o pagarés, corre en abundancia para quien tenga algo interesante y exótico que ofrecer. La envidia, la codicia y el dinero discurren a partes iguales por las polvorientas calles.

En ese lugar olvidado de rincones embarrados y tablones quejumbrosos, que parece sacado de las historias de buscadores de Jack London o del rosario de andanzas de la quimera del oro de Charlot, Figowitz empezará a urdir cómo materializar su anhelo junto al chino King Lu, un inopinado amigo que, por previos azares del destino, le ha salido al paso.

Emulando el mito del sueño americano, los dos compañeros, más práctico el uno, más idealista el otro, buscarán un hueco de mercado para camelar a la diosa Fortuna. Hay un nicho no explorado en el polvoriento rastrillo improvisado. Dicho y hecho: cocerán unos bollitos que “saben al mismísimo Londres” en palabras del terrateniente todopoderoso del poblachón alimañero.

Las peripecias se suceden y este pequeño e íntimo “cuento de la lechera” avanza parsimonioso, entre retazos de conversaciones privadas   de Cookie con su amiga Eve, nombre verdadero de la vaca innominada en la película, que más que mamífera irracional pareciera damisela de largas pestañas y manchas café con leche— con la cual el actor John Magaro contruyó un vínculo real de confianza— y charlas nocturnas de los dos amigos —el británico de origen hongkonés Orion Lee dando la réplica a Magaro— imaginando qué sería de sus vidas cuando sus afamadas galletas traspasaran fronteras.

Este entorno ingenuo y horaciano tendrá su contrapunto en el mundo despiadado de los seres que pueblan la vida real donde la avidez por los bienes ajenos y la mezquindad se enseñorean con regodeo asentando sus reales posaderas encima de los que nada tenían.

Uno de los muchos aciertos de Kelly Reichardt, directora de la película, es dotar a la escala superior de este último entorno de un matiz humorístico: así el terrateniente —un Toby Jones lleno de matices entre ingenuos y sabihondos— casado con una india que le hace de intérprete con el jefe indio invitado, querrá impresionar convidando al té de las cinco al plasta del capitán del regimiento. Su conversación, que parece extraída de “Inglorious bastards” (2009) y girará en torno a los colores du jour,de moda, en París, no tendrá desperdicio.

Finalmente, la vida real se impondrá al cuento, aunque este halo premonitorio que se va cociendo a fuego lento, como los suculentos bollos, se ha construido desde el primer proverbio que aparece sobreimpresionado en la pantalla extraído de los “Proverbios del infierno” de William Blake: “Para el pájaro su nido, para la araña su tela y para el hombre la amistad”, y desde el momento inicial en el que una chica y su perro, que parecen un trasunto de Wendy and Lucy (2008), otra película de de Reichardt —heredera directa del “Sans toit ni loi” (1985)de Agnès Varda— habrán hecho un sorprendente descubrimiento que enlazará posteriormente con la conclusión de la película en un guion cerrado sobre sí mismo como la redondez de las galletas crujientes en la sartén.

Desde esos primeros planos hasta el deambular de Cookie con su sombrero hongo entre los helechos y el chasquido de los champiñones al ser recolectados y el olor ácido de los alientos de los jugadores entre las sobadas cartas, se irá construyendo un microcosmos en el que la audiencia se hará cómplice de los fotogramas que desgranan la dolorida poesía escondida de los desheredados. Huyendo del oropel de las falsas ilusiones, la película prescindirá de cualquier edulcorante aderezando los idílicos planos nocturnos o las conversaciones en la intimidad de la choza con planos en los que con las simples miradas de ojos turbios de los avarientos impíos se intuyen muchas cosas.

Basada en la novela “Half Life” de Jonathan Raymond, uno de los colaboradores habituales de Reichardt, la película pinta un mundo miserable en el que no hay asidero y en el que todos desconfían de todos. Y es que el sueño americano está escrito con los renglones torcidos de los fracasos.

Película de múltiples silencios y planos detalle que valen por mil palabras, de polvo del camino y forestal frondosidad agreste que nada regala, en clara confrontación ideológica con las grandes superproducciones llenas de algodón de azúcar en sus argumentos, First Cow no escatima acíbar ni dosis de realidad ya que trata, como todas sus películas, en palabras de su directora “sobre gente que no tiene una red de seguridad”.

Ha nacido una nueva Bresson. Larga vida a la poesía de sus historias y al mensaje coherente y sin concesiones de sus películas.

Envíe un SMS con 1 (Sí: “merece ser perdonada”), o 2 (No: no merece ser perdonada)

Yalda, la noche del perdón (Yalda, La nuit du pardon), de Massoud Bakhshi.

Coproducción de Irán, Francia, Bélgica, Alemania, Suiza y Luxemburgo, 2019

La Torre Milad cubre la pantalla en la primera escena de esta película, es la torre más alta de Irán, con 435 metros de altura construida en 2007. Se trata de la sexta torre de comunicaciones más alta del mundo, donde se albergan, además de una potente antena de televisión, un centro de convenciones, varios centros comerciales y un hotel de cinco estrellas entre otros. Este símbolo de modernidad contrasta con el programa que está a punto de emitirse en uno de los platós de televisión que alberga.

La noche iluminada por las luces de los coches, semáforos y luminosos muestra a vista de pájaro el ingente tráfico que cubre las calles de la capital iraní. Líneas rectas de sus enormes avenidas donde no se atisba un milímetro de asfalto que no esté ocupado por un vehículo. La cámara empieza a bajar y se oye con más detalle el ruidoso barruntar de la carretera y la sirena de un vehículo policial al que empieza a seguir. De pronto, al girar una calle, la cámara vuelve a subir para mostrar un amplio parking vacío y el descenso de los ocupantes de ese vehículo y su entrada al edificio que ocupa dicho espacio.

El estrés del tráfico continúa en el interior del edificio donde una mujer esposada Maryam (Sadaf Asgari) baja del mismo, acompañada de una mujer policía. Las reciben muy ruidosamente otras 3 mujeres en el vestíbulo para escoltarlas al interior, se trata de la madre de la mujer esposada, (Fereshteh Sadre Orafaiy) y de otras dos personas del equipo del programa en el que va a participar Maryam. Prisas y carreras, conversaciones que se pisan y son apenas comprensibles, hasta llegar al despacho del productor, el Sr. Ayat (Babak Karimi). Con la presencia del primer hombre en pantalla llega el orden. Maryam está muy nerviosa y desubicada, se rasca descontroladamente todo el cuerpo y pide hablar con Mona Zia (Behnaz Jafari). El productor le informa que está de camino y que ya hablarán en directo en el programa. La madre insta a Maryam a que, a su llegada, le bese las manos y le suplique su perdón.

Continúa la confusión y las carreras entre las estancias y los pasillos del estudio de televisión.

Estamos en la noche de Yalda, una noche muy especial de celebración de la llegada del solsticio de invierno, la victoria de la luz contra la oscuridad, la noche más larga del año y la noche más antigua tradición de la cultura persa. En esta fiesta las familias y amigos se reúnen en torno al fuego para esperar un nuevo amanecer, es la noche del saludo a la luz y al sol. Se comen frutas rojas como la granada y la sandía que simbolizan con su brillantez el resplandor de la vida. Entre los iraníes, existe la costumbre de formular preguntas a Hafez, gran poeta persa, acerca de su vida y sus problemas. La persona que quiera obtener respuestas de Hafez a estas dudas existenciales, puede hacerlo a través de sus versos. Para ello, deberá abrir su libro de poemas al azar, leer el poema que aparezca y, de este modo, podrá interpretar la respuesta.

Y es precisamente en esta noche tan querida por el pueblo persa cuando Maryam pasará por el programa de televisión La alegría del perdón, y sabrá si Mona Zia, la perdonará por el asesinato accidental de su padre, esposo de Maryam, o confirmará su sentencia a muerte. La ejecución es la pena capital para muchos crímenes violentos en Irán, sin embargo, el gobierno ofrece a las familias de las víctimas el poder de “perdonar”, que permite al acusado cumplir una sentencia en prisión en lugar de pasar por el cadalso.

Massoud Bakhshi se ha inspirado para la realización de su segundo largo de ficción en el popular programa Mah-e Asal que se emitió en la televisión iraní diariamente en el período de Ramadán, entre 2007 y 2018. Sus protagonistas eran personas comunes que habían vivido experiencias extraordinarias y a las que se les ofrecía una oportunidad social de reformarse de forma caritativa en este mes tan especial de ayuno y oración. El programa se basaba en la filosofía del “ojo por ojo” de la Ley Islámica y donde se colaboraba con el sistema judicial del país.

El director recrea la sala de un tribunal en el plató de televisión convirtiendo en juez a su presentador y en jurado al pueblo iraní, al que se le pide enviar un SMS con un 1 si creen que Maryam merece ser perdonada por Mona (sí), o un 2 si consideran que no merece ser perdonada (no). Si además se alcanzan los 6 millones de mensajes exonerándola, la mitad de la indemnización económica por esta muerte sería abonada por el programa a la hija de la víctima, y si se duplica, el programa se haría cargo de toda la indemnización que la víctima en este caso no puede afrontar.

El director viene del medio del documental y cuando pensó en realizar esta película lo hizo desde ese punto de vista, pero concluyó que en este caso era más difícil expresarse de forma tan realista por lo que se decidió por la ficción. Se inventó primero el programa de televisión y decidió meterlo en la película como un episodio del mismo. Tuvo muchos problemas de financiación porque su largo anterior Una familia respetable (2012) se estrenó en el Festival de Cannes antes que hacerlo en Irán, por lo que el gobierno le puso en la lista negra. Contó con 24 productores y se estrenó en un festival de cine de su país. Lo recaudado en Irán sirvió para liberar a dos presos, como se propone en el inventado programa de televisión. Colaboraron con una ONG independiente liderada por mujeres activistas que dedican su vida a encontrar casos de encarcelamientos desproporcionados o injustos y tratan de convencer a las familias de las víctimas para que no busquen venganza y les perdonen, pagando la suma necesaria para poder liberarlos. Recibió el Premio internacional del gran jurado en Sundance, pero no pudo acudir a recoger el premio, porque el gobierno americano no quiso darle un visado como iraní, para entrar al país.

El padre de Maryam era el chófer de la familia Zia, cuando éste falleció, el Sr. Zia sintió pena por ellas y les ofreció trabajo en su casa. Maryam se sintió como una hija más, y veía en Mona a una hermana mayor. Sin embargo, no era realmente así, y algo cambió cuando el Sr. Zia le pidió matrimonio a Maryam. Mona no se lo creyó en ningún momento, dada la gran diferencia de edad entra ambos, 45 años, Maryam contaba solo con 20 años en ese momento y trabajaba en la compañía de publicidad del Sr. Zia donde Mona la había acogido después de pagarle sus estudios. Maryam se defiende diciendo que el Sr. Zia la acosó hasta conseguir que ella cediera, mientras Mona la acusa de querer solo su dinero. El matrimonio se realizó con la condición de que ella no se quedara embarazada, se trataba de un matrimonio temporal, lo cual significa casarse durante un período de tiempo acordado por ambas partes con una dote especificada previamente. Es una especie de contrato de alquiler de duración limitada en el tiempo, según el cual la mujer está ligada al hombre a cambio de una retribución. Este tipo de matrimonio es una práctica exclusiva del shiísmo y no está aceptado en todas las prácticas del islam.  

Maryam está acusada de haber empujado por las escaleras al Sr. Zia tras una discusión entre ambos, cuando ésta le anunció su inesperado embarazo, causando su muerte. No se duda tanto del accidente, sino del tiempo que pasó hasta que llegó ayuda, 40 minutos en los que Maryam estuvo en shock incapaz de hacerlo, mientras el Sr. Zia estaba aún vivo. De haber llamado a una ambulancia, es probable que éste no hubiera muerto.

Mona llega tarde, entra en el plató y al ser preguntada por el presentador sobre una descripción de sí misma, se presenta como titulada universitaria con una doble licenciatura. Mona es una mujer elegante de unos cuarenta años que habla de forma asertiva y educada, marcando una enorme diferencia con Maryam, joven, nerviosa que solo grita y llora insistiendo en su inocencia. El mismo presentador, todo un seductor, presta, muy prejuiciosamente, mayor atención a la señora elegante que a la juzgada frente a él. La cámara exhibe a una Mona hierática y en control, frente a una Maryam desequilibrada que continúa rascándose todo el cuerpo de forma incontrolable. La separación de clases sociales es evidente, Mona, muy condescendiente, no realiza ningún contacto visual con Maryam, quien sí busca desesperadamente su atención encogida y encorvada en su silla, sudando, visiblemente incómoda. El director ha acertado de pleno con el formato televisivo que define la intensidad de la película y ayuda al espectador de la pantalla grande a formar parte del espectáculo.

Todos los empleados en la sala de control son mujeres, excepto el productor. Las mujeres son con diferencia las protagonistas de este film, pero eso no les da ni siquiera el manejo de la sala de control del programa, y ni mucho menos el control de su vida, ni del contexto en el que se mueven aún en el Irán del siglo XXI, una sociedad de hombres y para hombres.

La manipulación de los productores aislando a Maryam y aportando solo la información que a ellos les interesa dar al público, será lo que defina el destino de esta joven, proporcionar al espectador un espectáculo que genere grandes números en su parrilla frente a la verdad, o la versión de la verdad de cada una de sus protagonitas. Que se lo digan a Telecinco con las primeras audiencias de su saga Rocío, contar la verdad para estar viva. Personalmente, este crítico se queda con la primera temporada de Gran Hermano.

Pilar Oncina

LAS PARTES PUDENDAS

Pilar Merino

Quo vadis, Aida?, Jasmila Zbanic

Bosnia y Herzegovina,2020

Unos niños de corta edad agrupados ante un auditorio de felices padres en una celebración de fin curso mimetizan un gesto que se repite varias veces utilizando las manos. Sus miradas limpias e ingenuas se enfrentan doblemente: a sus familiares y a los espectadores tras la pantalla. Este es el epílogo de la película bosnia “Quo vadis, Aida?”. De esta forma tan sencilla se condensa el sentimiento que puede asaltar al espectador ante el genocidio de Srebrenica y su repercusión en la población del enclave en la actualidad.  

La vergüenza es una reacción que parte de analizar la conducta propia y darse cuenta de lo que como ser humano de ningún modo debería haberse hecho. Algo así como enseñar las metafóricas partes pudendas.

La directora bosnia Jasmila Zbanic relata los hechos acontecidos en julio de 1995 cuando más de 8.000 varones—incluyendo niños, ancianos y adolescentes—fueron asesinados en la llamada “área segura” de Srebrenica controlada por unos 7.000 cascos azules neerlandeses.

En la película Aida, traductora bosnia de Naciones Unidas, interpretada con vehemente contención por Jasna Djurici, se enfrenta a la situación que se deriva del éxodo de la población de sus compatriotas hacia el cuartel general de la ONU en busca de protección tras los bombardeos continuados a la ciudad, momento en el que la OTAN supuestamente debería haber dado un ultimátum al pueblo serbio para que cesase el fuego.

Zbanic consigue que la angustia reine durante 104 minutos en la retina y lo hace de forma austera, si es que se puede considerar austero al despliegue de miles de personas dentro y fuera del refugio. Pero se trata de una masa silente, anónima, sin música ni diálogos, separada por una valla metálica que parece dividir a los que están bajo el manto protector de los justicieros internacionales de los que no.

El drama colectivo no es palpable, no hay gritos ni aspavientos, tan solo se imagina el vuelo de la tragedia en esa nave inmensa, sin agua, comida ni letrinas. De forma delicada la directora esboza y deja en el aire la suposición de cada historia que late en esa muchedumbre inerme y asustada, dedicando unos fugaces segundos a los planos de otros tantos seres anónimos que pespuntean como satélites el nudo central de la trama, personalizada en la historia individual de Aida: aquí una silueta agachada, difuminada en la lejanía, entre otros cuerpos disponiéndose a defecar, allá un primer plano de las manos arrugadas de una mujer golpeando ropas en el agua de un barreño entre los hacinados fuera de la verja del hangar, en otro momento una mujer rompiendo aguas y gritando aterrada, o cientos de manos agolpándose para coger unas hogazas de pan que los soldados serbios lanzan a la muchedumbre como si se tratase de animales. Pinceladas misérrimas desplegando sus alas de miedo entre los rostros post adolescentes de caras enrojecidas por el sol y pieles de niño de los soldados holandeses en los cuales se adivina también el terror de no saber qué hacer. Apenas una lágrima en la cara enjugada con el dorso de la mano, como si le cegara el sol, de uno de ellos cuando los paramilitares serbios irrumpen sin miramientos, con la autorización telefónica de uno de los superiores del campo, en el aparentemente sacrosanto e invulnerable lugar. Atrás han quedado ya todos los intentos de dar con algún interlocutor internacional válido que pueda poner coto a esta ignominia.

Zbanic sigue implacable empuñando la cámara con guante de terciopelo, volando en pos del frenético peregrinar de Aida para salvar a su marido y sus hijos.

Las manos de los asesinos comandados por el general Mladic que en la vida real llegó a declarar que “las fronteras se han trazado siempre con sangre”, reparten Toblerones y Coca-Colas a diestro y siniestro como preludio diabólico de lo que va a suceder de forma inexorable, recordando la secuencia en la que el comandante nazi Amon Goeth en “La lista de Schindler” (1993) decide a quien no dispara con su fusil en el campo de concentración desde la atalaya de su balcón.

En la no ficción, previamente a la masacre, el secretario general de la ONU, Butros-Ghali, ya había advertido de que se hubiera necesitado de un contingente treinta veces mayor del que se desplegó en la zona. Su sucesor en el cargo Kofi Annan, declaró que las “áreas seguras” no podían garantizar protección a los civiles en un conflicto.

Jasmila Zbanic ha conseguido hacer con esta película un fino lienzo acabado en una trabajada puntilla de encaje de bolillos de forma que el espectador no vea ni una sola gota de sangre, pero sea capaz de percibir todo el horror de las muertes y la catástrofe de muchas muertes anunciadas, que no renuncia a su poso de crueldad y que golpea con más contundencia los ojos de quien ha sido capaz de no retirar la mirada de la pantalla, precisamente por la ausencia de violencia, siempre fuera de cuadro.

La película ha sido proyectada en Srebrenica, actualmente enclavada en la república Srpska, una de las entidades políticas que forman Bosnia y Herzegovina, reconocida en los acuerdos de Dayton que terminaron con la guerra de Bosnia en 1992. Su población antes de la masacre era del 80% de etnia bosnia musulmana, hoy el 70% son serbios cristianos. Todavía hay 1.700 cadáveres de la matanza que no se han recuperado. Sin embargo, una gran parte de la población serbia mantiene posiciones “negacionistas” ante la carnicería, amparándose en el hecho de que previamente se había producido otra matanza de unos 3.000 serbios, de la cual fue declarado responsable el líder musulmán Naser Oric, siendo condenado a dos años de prisión al tener estos asesinatos consideración de crímenes de guerra y no ser calificados como genocidio. El general Mladic así como el entonces presidente de Serbia, Slobodan Milosevic, fueron condenados a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad; aún así todavía hoy hay políticos que oficialmente se niegan a reconocer la matanza.

Tanto Jasna Djurici como Boris Isakovic, el actor que interpreta a Mladic, ambos de origen serbio, han recibido amenazas de muerte.

En cuanto a la vigencia de esta cinta y, dado que su visionado no abarque un público muy amplio, y teniendo en cuenta la ignorancia general reinante en estos temas por parte de los adolescentes—incluso de los más apañados—una posibilidad sería confeccionar una especie de filmografía de la vergüenza, que debería intercalarse entre el estudio del reinado de los Reyes Católicos y la regencia de María Cristina, con el resultado de una mayor conciencia ética y sensibilidad hacía problemas reales. Dicha filmografía se podría completar con “Las tortugas también vuelan” (Ghobadi.2004), “El círculo” (Panahi.2000) o “Buda explotó por vergüenza” (Makhmalbaf.2008).

Como no podía ser de otra manera, al aparecer los títulos de crédito el respetable abandonó despavorido la sala en busca, quizá, de otra ronda.