Dios mío, eres preciosa…

Una joven prometedora, Emerald Fennell, EEUU, 2020

Una joven prometedora comienza con una dura verdad que golpea duramente al que la ve con solo 5 minutos de película: lo que estamos viendo, tristemente, es algo innegable en el mundo real. Todas las situaciones que se representan, a pesar de ser ficticias en este caso, son reales para muchas mujeres día tras día. Esto hace que el visionado de la película sea incómodo, repulsivo y aterrador. Emerald Fennell, actriz y guionista conocida entre otras cosas por ser una de las creadoras de la aclamada serie Killing Eve, dirige y firma el guion. ¡Y qué guion!

Ideado al más puro estilo Tarantino en Kill Bill, durante los 113 minutos que dura la cinta vemos los distintos pasos de la venganza ideada por Cassandra Thomas, una joven que llora la pérdida de su mejor amiga, a la que un compañero de la universidad violó en una fiesta delante de otros estudiantes , que, por supuesto, no hicieron nada por impedirlo. Pero Cassie hace mucho más que llorar. Además de trabajar en una cafetería durante el día y desesperar a sus padres, se dedica a salir por las noches, actuar como si estuviese tan borracha que está al borde de la inconsciencia y atraer a los que  se autodenominan  “chicos buenos”, que acuden a su rescate para después llevarla a su piso e intentar sacar provecho de la situación. Lo que ellos no saben es que la noche no va a terminar como esperan.

La película muestra a esta vengadora en acción ya en la primera escena, por lo que puede parecer que su venganza consiste únicamente en esas salidas nocturnas, pero solo nos prepara para lo que está por venir. Después de ir desvelando poco a poco que es lo que pasó con Nina, su amiga, cosa que no se sabe por completo hasta los el final de la película (aunque uno se lo imagina más que de sobra), descubrimos que Cassie tiene un gran plan para vengarse de todos los que estuvieron involucrados de un forma u otra en lo que ocurrió. Así, se presenta a una serie de personajes que van desde la amiga que decide no creer a su compañera a la mujer en una situación de poder que prefiere mirar para otro lado y no ensuciarse las manos, el abogado vendido que se dedica a desacreditar a mujeres para que retiren sus denuncias, los amigos y testigos encubridores y, por último, el violador. ¿Ficción?

La forma tan inteligente en que ha sido escrita la película la convierte en una montaña rusa de la que uno no se quiere bajar a pesar de que le está revolviendo el estómago. Cuando parece que tienes un segundo para descansar y coger aire te vuelves a precipitar al vacío. Los sentimientos de Cassie se sienten como propios y aunque se intuye lo que va a pasar en cada escena, sigue resultando impactante. Y cuando llegado el momento parece que la historia empieza a ser predecible, Fennell golpea de nuevo dando un giro al guion bastante difícil de procesar, y que termina de dejar al espectador hundido en la butaca. 

Carey Mulligan, vista anteriormente en An Education, El Gran Gatsby y Drive entre otras muchas, sorprende en un registro que no es el que acostumbra a hacer. Las chicas buenas, dulces y pasivas a la que acostumbra a representar nada tienen que ver con lo que hace aquí. La calma con la que parece interpretar al personaje iguala a la tranquilidad con la este actúa en la película, calculando todos sus pasos al milímetro. 

La estética de la película, una especie de mezcla sútil entre lo camp, lo kitsch y lo pop, fusiona los neón con los tonos pastel, lo naive con lo perverso. La cámara sigue a la protagonista y alterna grandes planos que muestran los distintos escenarios, con primeros planos que acentúan el dolor y la desesperación de la joven. Cassandra siempre aparece resaltada a través de algo, su pelo, su ropa o incluso el mobiliario de las habitaciones donde se encuentra. En una película donde pesa más el guion que la puesta en escena estos pequeños detalles cierran el círculo que se dibuja alrededor de la protagonista y la define como personaje. Porque al final lo que realmente importa es ella, su propia historia y la historia que tiene que contar. 

La banda sonora iguala en genialidad al resto de elementos. Canciones pop y muy nostálgicas, que encajan perfectamente en la estética de la cinta, pero usadas de una forma inesperada, usadas para crear tensión, para acrecentar la incertidumbre e incluso el miedo en ocasiones (quién iba a pensar que Toxic de Britney Spears podía resultar tan aterradora).

Lo maravilloso de Una joven prometedora es que deja con ganas de más. Con ganas de más respecto a la historia de Cassie, pero también ganas de más historias, de más películas creadas por mujeres que cuentan historias de mujeres sin pelos en la lengua y de forma directa, incómoda y por qué no, aterradora. 

IN VINO ¿VERITAS?

Pilar Merino

Otra ronda, Thomas Vintenberg

Dinamarca, 2020

Astérix se dopaba. Eso es irrefutable. Una revelación de místico calibre, casi tanto como averiguar la verdadera identidad de los Reyes Magos. Mas ¿cómo explicar si no la energía que le invadía al diminuto galo una vez se trasegaba la poción? En una sociedad que ha abrazado en gran parte la mojigatería de los reconvertidos a la causa saludable—no hay nada peor que un exfumador aleteando aspaventosamente las manos en cuanto vislumbra una voluta en la lontananza—, ¿dónde han quedado las ensoñaciones en que caía el consumidor controlado en “Las confesiones de un comedor de opio” de Thomas de Quincey?, ¿qué se hizo de esas deliciosas dosis distópicas de soma prescritas para los habitantes del “Mundo Feliz” de Aldous Huxley?

Por mucho que se quiera es difícil imaginar que esos éxtasis creativos o interludios felices puedan ser inducidos mediante dosis de brócoli o píldoras de kale. Más increíble es pensar que un brahmán pueda entrar en trance—el soma de Huxley fue inspirado en la sustancia ingerida por ellos en la época védica—mediante una ensalada de tomates cherry con canónigos.

Thomas Vintenberg, director de la película y otrora adalid del movimiento Dogma junto a Lars Von Triers y autor de la mítica “Celebración”, en la que la tal fiesta sale bastante rana, parece querer retomar las gestas en las que ciertas sustancias evasivas eran útiles y necesarias. El director relata haberse sentido sorprendido al conocer las elevadas dosis de ingesta de alcohol de personajes de gran relevancia, entre otros Sir Winston Churchill. Porque ¿alguien sobrio hubiera sido capaz de llevar a cabo decisiones tan locas—pero geniales además de salvíficas—como invitar a la participación de 850 barcos civiles para llevar a cabo la evacuación de soldados británicos en Dunkerque? Estos hallazgos junto con el terrible deceso, tan solo cuatro días antes de empezar a rodar, de su hija Ida de 19 años le convencieron de que debía filmar una celebración de la vida. Otro aspecto al que Vintenberg hace referencia es el de su adolescencia pasada en una comuna y el proceso que le llevó a autocontrolarsecon el alcohol.

“Otra ronda”, que es el título de la película tanto en español como en inglés, en realidad se llama simplemente “Borracho” en danés. Más claro todavía, sin eufemismos.

La cinta es una pequeña fábula moral negra y ácida, muy en la línea de otras producciones escandinavas: sobre todo “Fuerza Mayor” del sueco Ruben Östlund sobre el rol preponderante del pater familias; “Buenos vecinos” del islandés Gunnar Sigurösson sobre las sórdidas disputas de una biempensante comunidad; o su propia “La Caza” en la que un profesor de vida desmoronada, interpretado por Mads Mikkelsen, uno de los protagonistas también de esta película, debe hacer frente a las acusaciones de pederastia de una de sus pequeñas alumnas.

En “Otra ronda” asistimos al estado de monotonía y apatía por el que pasan las vidas de cuatro amigos profesores que llegan a ese punto de inflexión que no soluciona ni escuchar a todo trapo en la radio la canción de David Bisbal. Sus clases son aburridas, sus vidas sexuales monótonas, la sensación de esplín vital se apodera de ellos sin solución de continuidad. Pero hete aquí que, al más joven de todos ellos, un pobre padre de tres hijos de corta edad y una mujer que no hace más que recordarle que tire la basura y vaya a comprar bacalao fresco al supermercado, se le ocurre poner en marcha un curioso experimento.

Rodada en una sugestiva penumbra en el que el sol se filtra por entre las lamas de las persianas cada vez que los cuatro amigos se dedican a llevar a cabo las fases del experimento, destacan los enormemente expresivos planos detalle que cincelan las arrugas y los pelillos de barba incipiente y dejada de Mikkelsen que es entre un tótem indio y un iceberg del Titanic de ojos ígneos entre dudosos y desazonados.

Estos planos contrastan con la plena luz en las celebraciones báquicas de final de curso al principio y al final de la película, los entrenamientos de los alevines de futbol, o las clases en los temidos exámenes orales.

“Otra ronda” se convierte en un inmenso artefacto lúdico, no exento de pequeñas catarsis, que busca el antídoto a la continua—y patética—necesidad de “me gusta” de todo bicho viviente. Y es que ninguna edad se salva de la quema: ni el pequeño renacuajo de las gafillas dejado de lado por sus compañeros futbolistas o el adolescente repetidor en ciernes perseguido por la alargada sombra de la ansiedad y el miedo al fracaso en la línea de Kierkegaard, el filósofo danés que le cae en suerte en el examen y mucho menos el cuarteto protagonista en búsqueda de algún asidero que dé significado a sus deambulaciones sin rumbo.

Lo mejor de todo es que la película no plantea soluciones sino destellos y, sobre todo, que no pretende aleccionar.

En definitiva, posiblemente no habría que llevar el mensaje al extremo y tatuarse los poemas de Li Po, el poeta chino que murió ahogado en el río Yangtsé, al intentar abrazarse al reflejo de la luna, quizá un tanto alpistado. Y, aunque es cierto que algunos pensarán, con razón, que lo que aquí se está tratando son problemas del primer mundo: ¿cómo borrar la sonrisa ante el recuerdo de que durante el confinamiento lo que se agotó antes en los supermercados, además del papel higiénico, fueran las cervezas?

Momentos de quietud

Sound of Metal, de Darius Marder

(USA, 2020, estrenada en España a través de Amazon Prime Video en 2020)

“Please kill me” es el tatuaje que cubre el pecho de Ruben Stone (Riz Ahmed), mientras toca la batería sin camiseta, sudoroso en un concierto en una pequeña sala de un pequeño lugar en el medio de la nada del enorme país que es Estados Unidos. Es uno de los múltiples tatuajes que adornan su cuerpo de ex heroinómano. Lleva 4 años limpio. Ruben es el baterista de una banda de punk-metal, Blackgammon, que comparte con su novia Lou (Olivia Cooke). Ella también lleva 4 años “limpia”, sin hacerse daño, sin mutilarse a sí misma. Dos almas gemelas, perfectamente compenetradas, supervivientes y felices que recorren el país tocando su música y moviéndose en una casa-estudio móvil en la que habitan cómodamente preparándose batidos de proteínas, componiendo música y bailando blues mientras lo atraviesan.

Ruben está en el centro del plano, la cámara le sigue desde arriba, moviéndose junto a él, fuera hay enormes paisajes verdes llenos de vida; entre tanto una mañana, como otra cualquiera, preparando el batido, deja de oír, el sonido muere en la pantalla junto con la audición de Ruben. Se tapa la nariz, tose, hace todos los gestos que cualquiera hace cuando se queda congestionado o se le tapan los oídos, sin éxito. No oye nada. Acude muy nervioso a un especialista que le confirma que ha perdido el 75% de la audición y la única solución que le ofrece es, además de dejar la música, realizar un implante coclear con el tiempo, operación muy costosa para la precaria economía de un músico de carretera. Los primeros planos con los ojos perdidos en el horizonte de un Ruben completamente perdido e indefenso, son muy potentes, la incredulidad de lo que le está ocurriendo con tanta rapidez y el enfado son transmitidos de forma inmediata y precisa por Darius Marder, en este su primer largometraje.

La historia de esta película surgió cuando Marder observó a su abuela haciendo frente a su sordera hace más de diez años. Contó con la ayuda de Derek Cianfrance para escribir el guion, director con el que ya trabajó en 2012 como guionista en su largo Cruce de caminos. Actualmente ambos directores se encuentran inmersos en la adaptación que dirigirá Cianfrance del libro de S.C. Gwynne Empire of the Summer Moon, entorno a la figura de Quanah Parker el último jefe de los comanches Quahada. Su madre, Cynthia Ann Parker, inspiró a Alan Le May a escribir The Searchers, novela que fue llevada al cine posteriormente por John Ford en 1956 bajo el título de Centauros del desierto.

Cuando Ruben deja de oír, el espectador deja de oír, cuando oye ruidos distorsionados, el espectador siente lo mismo de forma muy molesta. El silencio será “ensordecedor” y está rodeado de los primeros planos de un Ruben confuso y de la amplitud de lo que hay fuera que parece escapársele de entre los dedos.

Su manager les recomienda un centro de atención para sordos como posible solución al problema, al que acuden incrédulamente y en el que Ruben se quedará como última potencial opción a su problema, sin si quiera ser capaz de aceptarlo. Joe (Paul Razi) les recibe y como ex -alcohólico, utiliza las pautas de comunicación cero con el exterior, quitándole las llaves de su casa móvil y su teléfono. La despedida de Lou es desgarradora, en ese momento el espectador comprende la unión de estas dos almas perdidas que se necesitan mutuamente para sobrevivir y no volver a caer en sus adicciones. Cooke hace un trabajo extraordinario como testigo de algo que ninguno de los dos puede comprender y siendo consciente de lo que ambos van a perder.

Paul Razi es un actor sordo de Chicago muy conocido por su implicación actoral con la comunidad sorda, además de ser músico y cantante de la banda Hands of Doom que toca también con lenguaje de signos. Sus enseñanzas en la película transmiten una realidad atronadora que Ruben tiene miedo de aceptar.

Joe insistirá en que Ruben acepte su discapacidad, pero éste solo quiere volver a oír y marcharse. La lucha por aprender el lenguaje de los signos americano en un colegio de niños sordos, el esfuerzo de aprender en un entorno que siente hostil y del que se avergüenza, en el que es un recién llegado que ha conocido el sonido y no acepta el haberlo perdido, está muy bien reflejado en los planos cerrados del actor inmutable rodeado de sonrisas y alegrías de aquellos que sí han aceptado sus realidades.

Joe le propone como terapia que, al levantarse, a las 5 de la mañana, acuda a su estudio y allí reflexione y escriba lo que le pase por la cabeza. Sin embargo, Ruben no ha aprendido nada porque ha aprovechado el tiempo solo para seguir la carrera de Lou a escondidas y pensar en su operación.

Riz Ahmed es un actor inglés de origen paquistaní, sus padres se trasladaron a Inglaterra en los años 70 huyendo, a través de la India, de un conflicto que aún sigue vivo. Graduado por la Universidad de Oxford en Philosophy, Politics and Economics, es también un conocido activista y rapero, aka Riz MC. De adolescente concursó y ganó varias batallas de rap. Su primer single fue Post 9/11 Blues publicado en 2006, año en el que también participó en la película Camino a Guantánamo (Mat Whitecross), en el que cuatro amigos británicos musulmanes de origen paquistaní viajan a Pakistán para acudir a una boda, y allí se topan con la guerra de Afganistán tras los ataques del 11 de septiembre. Uno muere, los otros tres serán apresados y trasladados a Guantánamo donde sufrirán interrogatorios y torturas sin motivo aparente, conocidos como el “Trío Tipton” pasaron dos años injustamente encarcelados.

La película se presentó en el Festival de Berlín y a la vuelta del mismo, el actor fue detenido en el aeropuerto como posible sospechoso terrorista, detenido ilegalmente, el actor fue liberado y se produjo un cierto escándalo que confirmaba de alguna manera el argumento de la película que protagonizaba. Ahmed no quiso hacer publicidad de la frustración sentida para no reforzar el estereotipo del emigrante paquistaní en el Reino Unido, sentía que quería cambiar esa narrativa, puesto que, para él, no existen las categorías de personas: “No hay ellos y nosotros. Todos somos ´nosotros´”.

Conocido sobre todo por su papel de Naz en la serie The Night Of (9 episodios conjuntamente producidos por la BBC y HBO y dirigidos por Steven Zaillian y James Marsh en 2016), donde conduciendo un taxi, conoce a una mujer con la que acaba pasando una noche inolvidable. Despierta sin saber dónde se encuentra al lado de su cuerpo brutalmente asesinado, por lo que es acusado de un crimen que el espectador no sabrá si realmente Naz ha cometido o no. Su actuación le valió un Emmy en 2017, además de varias otras nominaciones a diferentes premios internacionales.

Para realizar esta película Ahmed tuvo que aprender no solo a tocar la batería, sino también el lenguaje de los signos americano en un período de 7 meses. Aprendió que las personas que hablan se esconden detrás de las palabras y que las personas sordas se comunican con todo el cuerpo, no tienen nada que esconder, o al menos eso le explicó su profesor, Jeremy Stone, del que tomó el apellido para su personaje en la película. Ahmed pone como ejemplo también que aprender este idioma es como aprender cualquier otro, y que diferentes partes de la personalidad de uno aparecen con los diferentes idiomas que se aprenden, cosa en la que este crítico está totalmente de acuerdo. Su nombre en lenguaje de signos es “Fucked up” por su falta de paciencia, que le llevaba a repetir la palabra “Fuck” constantemente en su lucha por encontrar las palabras que le faltaban en el nuevo vocabulario que estaba aprendiendo. Ahmed buscaba el signo de “…” y se culpaba por las veces que se equivocaba, las veces que “messed up”, de ahí el juego de palabras y el apodo.

Ruben es el ejemplo de lo que ha supuesto esta crisis sanitaria para todos, la adaptación a una nueva realidad y el confinamiento no elegido, en este caso, en un hogar para personas sordas en el que no quiere estar. La supervivencia vendrá marcada, para todos, por la aceptación de esta nueva realidad no elegida.

Sound of metal ha recibido 6 nominaciones a los Oscar de 2020, incluyendo mejor película, actor principal, actor secundario y banda sonora.

Pilar Oncina

La película termina con esta canción de Abraham Marder que describe muy bien el camino recorrido por Ruben:

Gone into the rain today
Wet fields of green
No I don’t stay long
You always find me
You say c’mon
On the train today
You call my name
And you wave and scream
But I can’t hear anything
I can’t hear anything
And you chase me down the mountain
Through this city but oh
My country heart
I’m only seeing green
Say it’s just a dream
And I’m walking in Durrow now
Sure you may be comfortable
You always got something to say
But c’mon
I know you ain’t really it
All this time shame on me
You can howl and scream
I can’t hear anything
I can’t hear anything
And you chase me down the…

EL LEVE ALETEO DE LA IMPOSTURA

Pilar Merino

El Agente topo, Maite Alberdi

Chile, 2020.

Según el método acuñado por Óscar Peyrou no se necesitaría ver una película para emitir un juicio crítico y lo único necesario sería contemplar con atención el cartel publicitario de la misma para escribir algo sobre esta (“En busca del Óscar. Octavio Guerra. 2018).

Pues bien, aplicando el método Peyrou, al observar el cartel de “El agente topo”, la opinión crítica estaría plagada de alharacas y parabienes. En él se observa a un Sherlock Holmes octogenario, lupa en mano, el ojo agrandado que escudriña al frente con detenimiento. Al fondo sendas imágenes que lo muestran danzando con una damisela entrada en años y en conversación con otras dos talluditas señoras. La frase de Carlos Loureda de Fotogramas no deja lugar a dudas: “Un nuevo James Bond jamás visto en el cine”.

La primera cuestión al traspasar la sala de cine–ese oscuro vientre del Leviatán de asientos bloqueados–es que nada indica que se vaya a visionar un documental. ¿ Y es así?

En su inicio la película promete una serie de cosas interesantes en la línea del guiñol detectivesco: escenas que corresponden a la particular selección de candidatos conformando un número tradicional de payasos; Rómulo, el jefe de la agencia de detectives – trasunto de Gaby de los Payasos de la tele, el payaso de cara blanca petulante y que todo lo sabe – realiza su particular cometido entrevistando a los candidatos. El seleccionado tendrá que infiltrarse en un asilo para averiguar las condiciones en las que se encuentra una de las ancianitas que reside allí por encargo de su hija. Una galería de jubilados candidatos entrañables que luchan contra las nuevas tecnologías desfila por la pantalla: primeros planos de sus contestaciones y simpático despliegue de sus torpezas y desmaños para demostrar su talento al enviar mensajes de voz o hacer fotos con un móvil. Desde esos primeros momentos los gestos y las opiniones del candidato elegido, interpretado por Sergio Chamy, actor natural de 87 años–estilográfica grabadora en lugar de la nariz roja del payaso– conquistarán al respetable.

Una vez que Sergio sea introducido en el hogar San Francisco, habrá un giro mediante el cual parece que los internos están avisados de que se va a producir un rodaje en sus lares. Escuetas imágenes de un cámara micrófono en ristre, la gracia de que la alcachofa de peluche negro aparece dentro de cuadro y los breves comentarios de algunas de las residentes que parecen contentas como niñas con zapatos nuevos ante la novedad.

Y ahí es donde comienzan los problemas: resulta extraño que nunca más se vuelva a hacer referencia a este acontecimiento en las vidas de unas personas parcas en novedades. Tras esto se sucederán las peripecias de Sergio que enviará un informe diario cada tarde a su empleador. Las conclusiones a las que llegará serán bastante diferentes de las vaticinadas de antemano. Ficción y realidad se mezclarán de forma aparentemente caprichosa y se dejarán de lado subtramas ficcionales interesantes–la historia de los pequeños hurtos–en favor de lo supuestamente real–las historias de las residentes, con escuetísimas intervenciones de los sanitarios que les ayudan–. Pero tampoco estas se redondearán. En cuanto a la puesta en escena que subraya los primeros planos de cada uno de los protagonistas dotándoles de mayor expresividad y aprovechando la sabiduría de las arrugas, no incide, es una lástima, en la poesía apenas esbozada en los planos detalle de las manos de los ancianos y las ropitas tendidas al viento marcadas con los nombres a rotulador.

Da la impresión de que ni la apoyatura de la ficción ni la de la realidad sean lo suficientemente solidas, por eso la línea narrativa aparece errática y sin profundidad. Como si Marta Alberdi, directora y guionista de la película, no supiera a qué carta quedarse y le faltara valor literario para tomar una decisión: “Mi interés era construir un documental policial, que empieza pareciendo una ficción tradicional sin serlo (…) En un momento de gran consumo de redes sociales, donde todos nos pasamos investigando nuestro entorno sobre algunos temas que bien se podrían resolver conversando, escogí a un espía anciano en un entorno tan cotidiano y reducido como es una residencia de ancianos. Me interesa la tercera edad porque permite construir relatos universales y particulares”.

Sin embargo, lo que subyace, aparte de la triste conclusión con la que termina la película, es un tremendo dilema ético y moral y el poso amargo de la sospecha de que se haya utilizado a estas venerables ancianitas, introduciendo a un personaje a modo de peligroso experimento, con el que interactúan en sus vidas–enamoramientos de algunas de ellas de por medio–pues este Sergio, único de los tres varones residentes, levanta pasiones, sospechando que más bien no han sido conscientes de lo fabulado. Participantes en la farsa sin ser comparsas sino protagonistas no conscientes de ello ¿Alguien les habrá informado? Un rosario de dudas insidiosas flota en el ambiente al abandonar la sala.

Definitivamente, el cartel es mucho más simpático.

Por una barra de pan

Ane (David Pérez Sañudo, España, 2020)

Lide (Patricia López Arnáiz) trabaja como guardia de seguridad en las obras del TAV (Tren de Alta Velocidad) en el País Vasco. La acción se desarrolla en el año 2009, un momento de profunda crisis económica en todo el país, por lo que Lide no tiene ningún problema aparente en trabajar en un proyecto que cuenta con la oposición de la mayoría de sus compatriotas y que genera numerosas protestas sociales en las calles, incluyendo las de su propia hija Ane (Jone Laspiur).

La Y vasca forma parte del Corredor 7: Atlántico (Lisboa-Estrasburgo), conjunto planificado de redes prioritarias de transporte pensadas para facilitar la comunicación de personas y mercancías a lo largo de toda la Unión Europea, aunque también se considera un proyecto de país puesto que unirá las capitales vascas mediante un servicio intercity. La finalización de la Y vasca, originalmente planificada para 2023, se prevé ahora para principios de 2027″.

Lide tiene turno de noche, al concluir su trabajo sale de bares con sus amigas, para olvidar su monótona y aburrida jornada, y llega a casa a tiempo de preparar el desayuno de su hija Ane, que consiste en una tostada de pan recién comprado acompañada de mantequilla que supuestamente ambas comerán en el salón para comentar su día. Sin embargo, Ane no está en casa, no ha dormido allí. Lide no le da importancia hasta que recibe una llamada de la dirección del instituto de su hija, para explicarles una falta grave que ésta ha realizado contra el profesor de historia, al que acusa de “español en sus enseñanzas”. A esta visita acudirá también el padre de Ane, su exmarido Fernando (Mikel Losada).

A partir de esta situación, ambos se darán cuenta de que realmente no conocen a su hija, una adolescente activista e inestable, que se encuentra desaparecida. Salen en su búsqueda.

Lide se presenta como una mujer fuerte que no quiere afrontar su madurez y sus responsabilidades, apareciendo más como una colega enrollada que como una madre. Camina deprisa, con andares masculinos, muy seria; la cámara se sitúa un paso por delante de ella, centrada en el plano fijo de su cara y en todo lo que está pensando y está cargando. Cuando el espectador no sabe hacia dónde se dirige Lide, la cámara irá por detrás, averiguándolo al mismo tiempo que ella.  

Mikel por el contrario parece débil, no muestra emociones, es un hombre cansado, malhumorado. La crisis le ha obligado a cerrar su bar “El Andaluz”, su forma de vida, por lo que se considera un fracasado. Su hermano, son hijos de padres emigrados desde Andalucía, con el que no se lleva bien, le ha ofrecido un puesto de camarero en Torremolinos y la desesperación financiera le llevará a mudarse allí. El espectador apreciará en este matiz de abandonar el País Vasco sin remordimientos, la diferencia política entre haber nacido allí, como es el caso de su hija Ane, o no, para entender mejor la situación y la problemática vasca.

David Pérez Sañudo retoma, con éste su primer largo, la historia que ya inició en el corto del mismo nombre Ane de 2018, en el que la madre de la protagonista es andaluza, no es euskaldun, y no está integrada, siendo más clara la diferencia política. El corto comienza con este mensaje:  

Vitoria-Gasteiz 2009: el Gobierno español apoya una nueva medida para impedir el enaltecimiento del terrorismo. Como consecuencia, se cierran numerosos locales de juventud en todo el País Vasco. Centenares de jóvenes se movilizan para evitarlo.

En el largo la acción discurre también en los meses previos al fin de ETA, por lo que el entorno social es muy complicado, aunque cuando parece que la cinta se va a centrar en este conflicto, los padres descubren que Ane está embarazada y que su desaparición puede estar relacionada con el haberse marchado a Bayona a abortar. A partir de aquí se tratará de unos padres que buscan lo mejor para su hija, dejando todo los demás de lado.

Bayona se presenta mucho más luminoso y claro que las oscuras y asfixiantes calles del País Vasco. Pese a la situación a vivir en dicha ciudad francesa, aparece el mar y una luz nítida. La cámara se desplaza más libremente. Sin embargo, en los interiores, especialmente en casa de Lide, la cámara se queda fija, son los actores los que entran y salen de plano.

La entrada de Ane, casi en la mitad del largo, en escena es muy potente, se trata de una adolescente militante con la cabeza rapada cuya mirada cargada de las razones de la juventud, ilumina la estancia, pero al mismo tiempo, destila ingenuidad y miedo por la situación física en la que se encuentra.

Es inevitable volver una y otra vez al contexto político que les envuelve con el que Pérez Sañudo parece querer confundir al espectador, pero la realidad es que nos describe una problemática tan antigua como el mundo, el conflicto entre una madre y una hija adolescente y su falta de entendimiento.

A Lide siempre le quedará preparar la tostada de pan y esperar esa conversación con Ane como cualquier madre con su hija adolescente, o seguir mirando por la ventana del salón con una mirada vacía en una casa vacía.

Pilar Oncina

NOTA: Patricia López Arnaiz fue galardonada con el Goya de mejor actriz protagonista por su actuación y Jone Laspiur fue también galardonada con el Goya de mejor actriz revelación por sus interpretaciones. David Pérez Sañudo y Marina Parés Pulido recibieron el Goya al mejor guion adaptado.

NO ES PAÍS PARA LOCOS

Pilar Merino

Nomadland, Chloé Zhao

EE. UU. 2020

Cuando se prepara un merengue hay que poner un enorme cuidado en las proporciones. La receta es parca en ingredientes: para obtener este airoso poema culinario tan solo hay que mezclar azúcar, claras de huevo y sal. Y tener buena mano. Como toda receta misteriosa está llena de asteriscos y de trampas.

Se nota que Frances McDormand, productora y principal actriz de la película, se ha puesto el delantal y ha querido rendir un homenaje a los miembros de una cultura imbricada directamente en la   idiosincrasia norteamericana. La ristra de empleos precarios que encadena en la película es un trasunto de lo que ella misma vivió, pues tras la adolescencia fue cajera, camarera, lavaplatos y dobladora de ropa en una lavandería.

Para el fílmico cometido comprometido, basado en el ensayo de la periodista Jessica Bruder, McDormand contactó con Chloé Zhao, de 31 años, directora de origen chino, graduada en la Tisch School de Nueva York, que ya había rodado “The Rider” (2017), una película con un método similar al aquí utilizado: la mezcla del testimonio documental con la ficción. “The Rider” está basada en la vida de un campeón de rodeos que sufre una lesión que le deja secuelas de por vida. En “Nomadland” se trata de mostrar otro tipo de lesiones que no dejan huellas tan aparentes: las de los desheredados que lo han perdido todo por culpa de la crisis de 2008 y a los cuales les quedan jubilaciones tan exiguas que no tienen más remedio que vivir en camionetas y recorrer Estados Unidos desempeñando trabajos de subsistencia.

McDormand interpretará a Fern, trasunto de Linda May, una de las actrices naturales que la acompañan en la filmación.

Diversos aspectos figuran en el haber de la película: la poesía, el panteísmo filosófico de las imágenes, algunos de los paisajes, una música de piano exquisita acompañando las arideces desérticas de Ludovico Einaudi, los blues genuinos y deliciosos de los lugareños, las interpretaciones de los actores naturales y la fuerza que exuda cada gesto de Frances McDormand.

Sin embargo, hay detalles que lastran la cinta. El más poderoso es la ausencia de referentes culturales de peso en el guion: no sólo de Jack Kerouac vive el hombre norteamericano y quizá la excesiva juventud de la directora, que firma el guion, y su procedencia – china de nacimiento, pasó gran parte de la adolescencia en Brighton – sean las razones del clamoroso olvido de la diversidad interracial de una comunidad como la norteamericana. No hay ni un americano nativo actuando y la presencia afroamericana se reduce al brevísimo testimonio de una de las sin-casa. Apenas unos segundos.

“Nomadland” bebe en las fuentes de Emerson y Whitman dejando de lado a Steinbeck. La crítica social brilla por su ausencia. Tras la prometedora escena del perro con Fern, abandónese allí toda esperanza: quien quiera entrever algo mínimamente relacionado con “Las uvas de la ira”, que vuelva por su camino. ¡Si hasta San Amazon Prime paga bien y con presteza a los empleados empaquetadores! No hay el menor conflicto o queja. Si en mitad de la película, un momento en el que el respetable está un poco indigestado de tanta roca desértica, tienes diverticulitis como le sucederá a David Strathairn – el nómada Dave, chevalier servant de la McDormand – no habrá problema alguno, pues será ingresado sin la menor cortapisa, Frances-Fern le llevará unos arenques antes de partir para la recolección de la remolacha, y nadie hablará del importe de la factura del hospital. Que a Fern se le avería la camioneta y hay que pagar un dineral: pedirá el dinero prestado a su hermana quien, tras protestar levemente, se lo dejará en billetes de a dólar en un sobre sin rechistar.

Si hay que decantarse por el formato documental, lo normal es que haya algún sinsabor que otro: un atracador aquí, un indeseable violador allá, gentes de mal vivir, el borrachín arrepentido o el drogata irredento además de inclemencias terribles del tiempo difíciles de arrostrar, escorpiones o situaciones desagradables en sí, que parece que debieran suceder en toda vida nómada en el desierto que se precie, máxime cuando Fern conduce sola las más de las veces. Nada sucede en las malas tierras norteamericanas ni tan siquiera se escucha un solo juramento, palabro o blasfemia. El hijo de Dave que no le ha visto en una decena de años, confesará a Fern que el mejor modo de conocer el país y los lugares que hay que visitar es asistiendo a las reuniones de Alcohólicos Anónimos de las zonas por las que uno huelle.

Este país de cuerdos no alberga ni a un loco, aunque sea por incapacidad laboral precaria transitoria. Nada del ruido ni la furia de Faulkner, ni una protesta se escapa de los errabundos que aceptan un destino que discurre entre la preocupación por el desperdicio cero y máximas a lo Siddharta.

En el capítulo de la fotografía, firmada por el británico Joshua James Richards, cónyuge de la directora, sorprende que algunas de las localizaciones estén tan poco aprovechadas. La grupa cansina de un renqueante bisonte deambulando solitario, unos nidos de golondrina un tanto grimosos y un dinosaurio gigante de cartón piedra, estampas todas que desaprovechan la majestuosidad de la naturaleza que parece mostrarse aviesa. Como cuando haces una foto de un entorno espectacular, que la imagen apenas acierta a remedar. Y hay que borrar corriendo la foto pues no representa aquello que se quiere inmortalizar. Lo que queda en la retina es la sensación de eterno parque temático, que destila buenismo y cartón piedra.

Algunos de los personajes secundarios merecerían más: la falta de explicación para el súbito sedentarismo de Dave; cierto que ha tenido un nieto y problemas estomacales, pero parecía que Fern le hacía tilín. El postadolescente en cuyo rostro apunta un pelín de bozo que no sabe cómo escribir a la novieta y recibe el regalo de que McDormand le recite de memoria el soneto 18 de William Shakespeare que en la excelsa traducción de Agustín García Calvo en esencia suena así: “¿Qué debo compararte a un día de verano? /Tú eres más adorable y estás mejor templado (…) Mas tu eterno verano, jamás se desvanece, ni perderá su instinto de tener la hermosura…” etcétera, etcétera, que, en toda su incontestable belleza – McDormand explicará que son los votos que se intercambió con su difunto marido – parecen sacados de contexto y más propios, igual es un guiño oculto, de los que la directora pudiera haber intercambiado con su fotógrafo.

La cuestión es que falta alma o reportaje. Pues la sangre requiere de azúcar y acíbar para que fluya la verdad. En sus justas proporciones. Como el merengue.

ROBOTS, POSIBLES COMBATIENTES DEL FUTURO.

A DESCUBIERTO, Mikael Håfström. EEUU, 2021.

Son muchos ya los expertos que predicen que la humanidad está a las puertas de entrar en la era de la robótica. A nivel político, por ejemplo, así lo ha reconocido la Unión Europea aprobando en el 2017 la ley “Normas de Derecho civil sobre robótica”. Ray Hammond, un conocido futurólogo transhumanista, en su visión cómo será el mundo en el 2030, sostiene que robots dotados de inteligencia artificial serán nuestros esclavos en hogares, escuelas, fábricas, tiendas, etc, creando riqueza y facilitándonos la vida. Lógicamente, obvia que en la actualidad, el calificativo de esclavo solo es atribuible a humanos, a personas, no a maquinas. Otro prestigioso partidario del pensamiento transhumanista, Ray Kurzweil, entre otras cosas, director jefe de los ingenieros de Google, sostiene que en un futuro no muy lejano se construirán robots cuasi-humanos, que actuaran en el medio en función de una vida psíquica simulada que incluirá percibir el medio, el razonamiento y los planes de conducta. Tendrán emociones, capacidad de elegir de entre un abanico de posibilidades, se les dará forma humana e interactuaran con los humanos, manteniendo diálogos casi como si fueran un humano más. Mikael Håfström se imagina un futuro en el que empresas, públicas o civiles, ya han logrado alcanzar los avances en robótica e inteligencia artificial pronosticados por Hammond, Kurzweil y otros partidarios del transhumanismo, para plantearse preguntas ya presentes en la sociedad actual a pesar de que esos adelantos no hayan sido todavía alcanzados: ¿Cómo afectara este nuevo fenómeno tecnológico al viejo fenómeno de la guerra que ha acompañado a la humanidad desde que hay historia? ¿Cómo serán las relaciones profesionales de los humanos con estos nuevos entes, que tienen una fortaleza física e inteligencia superiores a los humanos, inmunes al dolor y que carecen de rasgos humanos como el temor y el rechazo a morir? Y, sobre todo, ¿Debe permitirse fabricar robots humanoides, con autonomía, dotados de inteligencia, más fuertes que los humanos, programados para poder atacar a otros humanos, no respectándose así las leyes de Asimov? ¿Cómo se garantizaría que los robots al caer en mano del enemigo, un gobierno, un grupo rebelde, un hacker, no puedan ser utilizados por este en contra su creador?

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RBG

Una cuestión de género. Mimi Leder.

EE. UU. 2018

Un mar de sombreros y ternos grises engulle a una pequeña figura de mujer vestida de azul. Parece que no va a conseguir subir las imponentes escaleras de piedra grises flanqueadas por varias columnas neoclásicas. El plano se amplía y el espectador acierta a ver alguna pequeña mancha azul más. Poca cosa en el presuroso océano de corbatas.

En los años 50 en la facultad de derecho de Harvard había un 2% de mujeres. Veinte años más tarde las mujeres podían ser despedidas por el hecho de quedarse embarazadas. Tampoco podían pedir un crédito sin su marido. En la película Una cuestión de género habrá un rosario de ejemplos de esta índole: desde la tradicional cena ofrecida por el decano de la facultad – cuyo motivo era preguntarles a las alumnas la causa por la cual estaban allí “ocupando la plaza de un hombre” – al empecinado y sistemático rechazo de los bufetes de abogados de Nueva York a la candidatura de cualquier mujer que solicitara un trabajo.

La cámara de Mimi Leder retrata, sin sobresaltos ni alardes de estilo, se diría que pespunteando el documental, la vida de Ruth Bader Ginsburg, auténtica abanderada de la aplicación de una legislación justa en litigios donde entraba en juego la discriminación por razones de género. No sólo hacia las mujeres. La suya fue una cruzada para poner de manifiesto los errores ancestrales y cambiar las leyes allí donde la justicia no había puesto el dedo en la llaga.

Lo que se queda en la retina del espectador es que la jueza tuvo una vida tan modélica que parecía artificial: un marido maravilloso y de trayectoria brillante, que no dudó en adoptar un segundo plano cediendo el protagonismo a su mujer; una capacidad de trabajo titánica y la habilidad para conciliar vida familiar y profesional. Felicity Jones, quien ya interpretara a Jane Hawking en“La Teoría del todo” (2014), vuelve a dar una lección de estilo mimetizándose con la súper jueza que fue, y lo disfrutaba con regocijo, inspiración de raps, protagonista episódica de Los Simpson e icono de estilo con el variopinto despliegue de cuellos étnicos en las togas.

Si algo hay de fascinante en el cine que versa sobre un personaje es que consiga que las preguntas floten en el aire y que, al ver la menuda figura de la Ruth Bader Ginsburg real bajando a sus 85 años con aire grácil unas escaleras, el espectador quiera saber algo más de ella. Por ello, es más que recomendable contrastar el biopic con el documental “RBGde Julie Cohen y Betsy West (2018), que completa de forma objetiva lo que la película recrea. ¿Y cómo no querer saber más de esta mujer de 87 años, fallecida en septiembre de 2020 tras vencer varias veces al cáncer, que declaraba que el Tribunal Supremo debería componerse de nueve mujeres para contrarrestar los más de cien años que estuvo compuesto por nueve hombres, o que se atrevió hasta con la ópera representando un papel en la ópera “La Hija del Regimiento” de Donizetti?                                                                                                      

Raíces coreanas en suelo americano

Minari. Lee Isaac Chung. Estados Unidos, 2020.

Definitivamente lo coreano está de moda. Y además gusta en Hollywood. Segunda película de un autor coreano en ser nominada a mejor film un año después de que la primera ganara (y arrasara) en las gala pre-pandémica de 2020. En esta ocasión, el planteamiento es 100 % americano, además de lo anecdótico de contar con Brad Pitt como productor ejecutivo, la historia que nos brinda el director Lee Isaac Chung se inspira en sus recuerdos de infancia de cuando su familia se mudó a una zona rural en el estado de Arkansas.

La propuesta del director se apoya sobre una puesta en escena con guiños constantes a la época de su infancia en la que creció. Son los años 80 y el pressing catch es lo más popular junto con el coche fantástico y el pelazo de David Hasshelhoff. El uso enfatizado de la luz y el color tienen un aroma a recuerdo infantil que nos ayuda a empatizar claramente con el miembro más pequeño de la familia. Por el contrario, su hermana mayor apenas llega a dibujarse. Algunas escenas al aire libre parecen vistas a través de una Super-8: mirilla de la infancia. El descubrimiento de las raíces coreanas entra en juego en este momento de aclimatación al nuevo hogar. Las cosas no están arrancando como el padre esperaba. La abuela de los niños viaja desde Corea del Sur para echar una mano. El coreano es el idioma que comienza a vertebrar las relaciones familiares. El inglés, la cultura popular yanki y las raíces coreanas se conjugan en la relación entre el niño y su abuela. La identificación con su origen es el conflicto por el que atraviesa el pequeño. Su abuela será la causante y quien mejor lo guíe por sus emociones encontradas. Mientras, el otro dúo de personajes en conflicto es el propio matrimonio. Es una lucha más íntima por sacar adelante la familia y, a mi pesar, con menor capacidad de emocionarnos.

Es el papel de la abuela el que nos brinda los momentos culminantes de la película. Ella y el niño terminan desarrollando una clara afinidad gracias a juegos de cartas coreanos, tacos, bromas pesadas, sodas, horas de tele y, sobre todo, los paseos por los alrededores donde hace aparición la planta acuática que da nombre a la película. Tras mucho caminar, dan con el lugar ideal para que las semillas de minari puedan germinar, la planta eche raíces y crezca. Esta planta es el verdadero puente entre ambos mundos. El suelo es fértil y tiene posibilidades de crecer con firmeza.

Los actores brillan en sus papeles, principalmente el padre (Steven Yeun, conocido por The Walking Dead) y la abuela (Youn Yuh-jung). Ambos premiados con candidatura al Óscar. Más allá de los miembros de la familia, encontramos a un irreconocible Will Patton como ayudante del padre con un profundo trauma que desasosiega.

Aunque quizás podamos sentir las vicisitudes de una familia coreana en la América profunda como algo ajeno, el director consigue que los sentimos muy cercanos. Los conflictos que aparecen son universales y da igual el idioma que hablen o que vivan en un estado que difícilmente sabremos ubicar en el mapa. Es una familia que busca su lugar a base de ganarse la vida con trabajo duro. En este momento, es cuando recordamos que el minari enraíza y crece si se cuida con tesón y se lucha por que las condiciones sean las favorables. Bueno, o algo así. Ojalá siempre fuera todo así de fácil.

Soy un tonto de remate, un botarate, dame una oportunidad …

The Killing of Two Lovers (Robert Machoian, USA, 2020)

David (Clayne Crawford) llora en silencio, sujetando una pistola al pie de la cama de su mujer, Nikki (Sepideh Moafi), quien duerme plácidamente al lado de otro hombre.

Sale de la casa a hurtadillas, coge su camioneta y se dirige a casa de su padre, donde está viviendo en este momento, realiza unas tareas domésticas y vuelve a casa de su mujer, como si nada hubiera pasado, para recoger a los niños y llevarles al colegio. David y Nikki se han separado recientemente, a petición de ella, y también a petición de ella, pueden verse con otras personas mientras aclaran su situación, cosa que él no ha hecho, no se rinde y quiere luchar por su matrimonio. Ella tiene sus dudas y experimenta.

The Killing of Two Lovers, pudo verse en Americana, Festival de Cine Independiente de América del Norte, celebrado desde el año 2014. Este año se pudieron ver sus películas en formato híbrido, con proyecciones en Cataluña y Madrid, y en la plataforma Filmin a primeros de marzo de 2021.

Robert Machoian nos presenta lo que parece ser el final de esta historia de amor desde el punto de vista de quien no quiere que termine. David aparecerá en imagen prácticamente durante todo el film y colocado en la parte izquierda de la pantalla, siendo el resto de la misma ocupada por unos horizontes vastos de la América profunda en la que viven, carreteras sin fin, espacios abiertos nevados, o fríos, inmensos cielos, y casas repartidas en la enormidad de sus paisajes. La belleza de estas imágenes se debe a su director de fotografía Óscar Ignacio Jiménez.

La vida parece transcurrir tranquila, los silencios de las calles contrastan con los ruidos que acompañan a David en los recorridos realizados en la lucha por salvar su matrimonio, sonidos que parecen simular a los de la carga de las balas en el tambor de un revolver, que siempre le acompaña.

La cámara le sigue por detrás cuando toma la iniciativa de protagonizar la acción, cuando el espectador no sabe hacia dónde se dirige, sin embargo, la cámara le mostrará de frente, en primer plano, cuando el destino de sus acciones está claro para todos los implicados. En el resto de planos, la cámara se mantiene fija y deja entrar a sus protagonistas de forma lateral y en pequeño, de nuevo en el margen inferior izquierdo de la pantalla.  

Cuando los personajes son protagonistas, siguen sin estar cerca, el espectador solo asiste de lejos a lo que está ocurriendo.

La intensidad de la actuación de Crawford se dulcifica cuando entran en acción sus 4 hijos, que se amontonan en el asiento de delante de la camioneta al compartir tiempo con su padre, llevándoles al colegio, o al parque a jugar. La complicidad entre ellos es evidente y sincera y ayuda a David en la defensa de su matrimonio.

Machoian no juzga a sus personajes, simplemente les acompaña en la posible disolución, o resolución de su conflicto de forma muy acertada.

David tenía una banda cuando era más joven y compone una canción para Nikki que ésta le pide le cante en su cita semanal.

Soy un tonto de remate, un botarate, dame una oportunidad,…la vida sin ti no merece la pena. Quédate junto a mí. Quiero hacer algo de verdad, sé que lo puedo arreglar…

Pilar Oncina